domingo, 5 de abril de 2026

LA PESTE DESPUEBLA CASTILLA

 



Castilla 1599.-Una epidemia de peste causa estragos en todo el reino, 955 muertos en Madrid, 219 en Fuenterrabía, y unos 4.500 en Segovia, no ha sido la pandemia más virulenta que haya asolado la península, pero demuestra claramente el carácter despoblador de estos periódicos azotes.

El estancamiento demográfico que se produce en el siglo XVII está determinado por la aparición de una serie de epidemias periódicas que aparecen con mayor virulencia principalmente en los años 1.589-91 1.629-31 1.650-54 1.694, y este de 1,599.

Como se ve claramente en unos periodos de veinticinco años, que no permiten que a lo largo del siglo haya ninguna regeneración de españoles libre de este azote.

Con esta cíclica aparición de enfermedades infecciosas, es normal que la población española resulte castigada, y con una tendencia ostensible a declinar.

Hay además factores que inciden en la repercusión negativa de las pestes; un sistema médico que aun acepta las doctrinas de Galeno como autoridad máxima e indiscutible, y una situación general de falta de alimentación adecuada, provocada por la escasa variedad de productos y la decadencia económica general especialmente en las extensas áreas rurales.

En esta época, existe una estrecha relación entre las cosechas agrícolas y la demografía. Cuando la situación del campo es buena la gente sobrevive, cuando es mala, el hambre, y las pestes que en consecuencia se ceban sobre la débil población, asolan todo el reino, respetando algo solo las zonas costeras, ya que en ellas se puede recurrir más fácilmente a la importación de grano.

En una economía cerrada como esta, el mantenimiento de cada comarca está marcado por sus propias posibilidades de recursos agrícolas.

Numerosos medios se intentan para poder frenar esta terrible situación, ya guardando los sobrantes de años de buenas cosechas, ya tratando de poner en marcha todos los recursos de tipo biológico posible.

                                     Campo sembrado de trigo,

Incluso se llega a crear como un mercado interior de tráfico de excedentes que permite la subsistencia de unas comarcas cuando otras disfruten de estos excedentes y viceversa.

Sin embargo cuando en ocasiones a los largo de varios años consecutivos se producen malas cosechas, todos los intentos por tratar de alejar los fantasmas del hambre y la despoblación resultan vanos.



Hambre, peste y muerte vienen juntas. En muchos casos de los abusos y de los monopolizadores, que imponen precios abusivos a los granos.

Existe una íntima relación y coincidencia entre el aumento de la mortandad y el aumento del precio del trigo. Como consecuencia de las hambrunas, las epidemias resultan verdaderamente letales.

Numerosas instituciones y personajes de época hablan de sus repercusiones, observando como muchas regiones se pierden hasta la tercera o cuarta parte de la población. Con tales pérdidas demográficas es imposible que la población supere su nivel de crecimiento por más que el nivel de natalidad sea muy elevado y se sitúe en el orden del 40 al 50 por mil.

Una explicación a las malas cosechas puede hallarse en una desertización creciente del clima, en los últimos decenios del siglo XVI y comienzos del XVII.

La aridez producida por  este proceso y la subsiguiente pérdida lleva a la subalimentación, en ocasiones al hambre, el triunfo de las epidemias de peste y como corolario la despoblación.

El retroceso demográfico peninsular refleja, principalmente, el descenso de la población de Castilla que ve perder así su antigua situación privilegiada.

Se produce un paulatino deslizamiento de la población de la meseta hacía la periferia, al tiempo que aparecen grandes concentraciones urbanas, como la de Madrid, que en época de Felipe IV llevará a rebasar los 150.000 habitantes.


Hay un factor que, sin embargo hace que la despoblación de la meseta castellana aparezca como poco espectacular; la gran expansión política que se produce en el siglo XVII. Sólo que esto ocurre, en un momento en  que Aragón y Valencia están ya en pleno colapso económico, tras la expulsión de los moriscos y en que se acentúa la tendencia hacía el absolutismo y el centralismo.

Un aumento de la concentración de la propiedad en pocas manos y el peso de los impuestos con la consiguiente decadencia de la agricultura, explica también este proceso despoblador que incide básicamente sobre el campo para nutrir a los suburbios de la ciudad, engrosando muchas veces el mundo de los pícaros y mendigos que tantas páginas memorables darán a la literatura.

Muchas ciudades industriales castellanas caen también en la ruina durante esta época. Entre 1.594 y 1,604, las poblaciones industriales castellanas pierden hasta la mitad de sus pobladores, arruinándose Burgos a mediados del siglo XVII y padeciendo Segovia, según se dice un verdadero desierto.

Claro que después de las inmensas pérdidas que sufre esta última población a causa de la peste de 1.599, con unos 4.500 muertos, no es de extrañar su enorme despoblación y ruina consiguiente.






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