martes, 1 de septiembre de 2026

LA INFLAMCION DE LAS MONEDAS

 



Madrid 1.683.-La inflación de la moneda de cobre, acuñada sin cesar por un gobierno en perpetuos apuros económicos e incapaz de poner coto al caos monetario, llegó a su punto más crítico en 1680. 

La introducción  de la moneda falsa y la continua necesidad de enviar dinero fuera del país contribuyeron a sobrevalorar la buena moneda de plata en un 275%.


También para el fisco la situación se presentaba crítica. En 1.680 la hacienda solo consiguió establecer un arriendo de impuestos y ruinoso en Castilla.

El 10 de febrero de éste año y siguiendo los planes elaborados por don Juan José de Austria hasta su muerte, el gobierno se dispuso a aplicar una drástica política deflacionaria.

La moneda de ocho maravedíes pasó a valer dos, el marco quedó devaluado en un setenta y cinco por ciento, y la moneda falsa, que había llegado a inundar el reino, pasó a aceptarse legalmente sólo por valor de un maravedí.

La caída era tan fuerte que, tal como se pretendía, la moneda de cobre, menos valiosa, dejó de circular y fue aprovechada para las fundiciones metálicas.



Los efectos sobre el comercio fueron desastrosos a corto plazo. Todos los que basaban sus negocios en la finanza o la circulación de moneda sufrieron un grave quebranto, y los precios descendieron más de un cincuenta por ciento hasta marcar un punto más bajo de la actividad económica castellana desde finales de la edad media.

Esta medicina de hierro proporcionó algo que la población castellana venía deseando desde los tiempos de Felipe II: es decir terminar con la inestabilidad monetaria crónica y mirar hacia el futuro sin sobresaltos.

La hacienda real tuvo que correr con buena pate dl gasto. La disminución de actividades, la extensión de la pobreza y el caos momentáneo impidieron recaudar buena parte de los impuestos en un momento de grave apuro para la Corona.



Por eso cuando se clarificó algo el panorama, este año de 1683, el Consejo de Hacienda decidió entonces aplicar el resto del programa de don Juan José y sustituir el arriendo de impuestos por un nuevo encabezamiento asignar un montante total a cada localidad, que sus autoridades debían después repartir entre los vecinos.

La oposición fue dura, pues suponía actuar las tributaciones. Para conseguirlo hubo que reducir los impuestos entre un quince y un 30 por ciento.

El resultado de estas medidas proporcionó durante un tiempo un respiro a la maltrecha economía. Por eso, al final de su reinado muchos llorarían a Carlos II, que fue el rey de la decadencia.



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