Madrid 1.683.-La inflación de la moneda de cobre, acuñada sin cesar por un gobierno en perpetuos apuros económicos e incapaz de poner coto al caos monetario, llegó a su punto más crítico en 1680.
La introducción de
la moneda falsa y la continua necesidad de enviar dinero fuera del país
contribuyeron a sobrevalorar la buena moneda de plata en un 275%.
También
para el fisco la situación se presentaba crítica. En 1.680 la hacienda solo
consiguió establecer un arriendo de impuestos y ruinoso en Castilla.
El 10 de
febrero de éste año y siguiendo los planes elaborados por don Juan José de
Austria hasta su muerte, el gobierno se dispuso a aplicar una drástica política
deflacionaria.
La moneda
de ocho maravedíes pasó a valer dos, el marco quedó devaluado en un setenta y cinco
por ciento, y la moneda falsa, que había llegado a inundar el reino, pasó a
aceptarse legalmente sólo por valor de un maravedí.
La caída era
tan fuerte que, tal como se pretendía, la moneda de cobre, menos valiosa, dejó de
circular y fue aprovechada para las fundiciones metálicas.
Los
efectos sobre el comercio fueron desastrosos a corto plazo. Todos los que
basaban sus negocios en la finanza o la circulación de moneda sufrieron un
grave quebranto, y los precios descendieron más de un cincuenta por ciento
hasta marcar un punto más bajo de la actividad económica castellana desde
finales de la edad media.
Esta
medicina de hierro proporcionó algo que la población castellana venía deseando
desde los tiempos de Felipe II: es decir terminar con la inestabilidad
monetaria crónica y mirar hacia el futuro sin sobresaltos.
La
hacienda real tuvo que correr con buena pate dl gasto. La disminución de
actividades, la extensión de la pobreza y el caos momentáneo impidieron
recaudar buena parte de los impuestos en un momento de grave apuro para la
Corona.
Por eso
cuando se clarificó algo el panorama, este año de 1683, el Consejo de Hacienda
decidió entonces aplicar el resto del programa de don Juan José y sustituir el
arriendo de impuestos por un nuevo encabezamiento asignar un montante total a
cada localidad, que sus autoridades debían después repartir entre los vecinos.
La
oposición fue dura, pues suponía actuar las tributaciones. Para conseguirlo hubo
que reducir los impuestos entre un quince y un 30 por ciento.
El
resultado de estas medidas proporcionó durante un tiempo un respiro a la
maltrecha economía. Por eso, al final de su reinado muchos llorarían a Carlos
II, que fue el rey de la decadencia.

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