Península ibérica, 1626. Las grandes tormentas caídas en la Península producen diversas inundaciones y provocan importantes daños materiales. Mientras que la ganadería experimenta algunas pérdidas (los cartujos sevillanos, por ejemplo, pierden todo su ganado valorado aproximadamente en diez mil maravedíes).
La
agricultura española en general se halla igualmente afectada por las
inclemencias del tiempo, y con ello vuelven a extenderse por el territorio el
hambre y la carestía sin haber dejado tiempo a que los campos y las personas
restablezcan de la sequía pertinaz de los años anteriores.
Los más
afectados por estos cambios climáticos y por las malas cosechas fueron sin duda
los campesinos y las masas pobres urbanas quienes veían encarecerse los
productos de primera necesidad.
Pese a
que en otras situaciones similares –debe considerarse que durante el antiguo
régimen el clima representaba el factor más importante para la producción de
alimentos y que una serie de malas cosechas era seguida inevitablemente por
epidemias y una elevada mortandad, el gobierno había adoptado la medida de
importar productos del exterior; sin embargo, no se registra en esta época
ninguna entrada de cereal de fuera, lo que indica que los recursos europeos se
hallan agotados y que la situación es penosa
por doquier.
Aparentemente,
el siglo XVII marca la transición de un periodo climático a otro, se supera en
cierta forma una etapa glaciar y como consecuencia de ello las variaciones y ka
imprevisibilidad del clima están a la orden del día en lo que se refiere a
Europa, cuyo modelo siguen los historiadores en España, ya que su microclima
todavía mo ha sido bien analizado. Aun así, se conoce que el reinado de Carlos
I fue asolado por una sequia que reaparecería a mediados del siglo XVII y sería
causante, unida a una política adversa, de una grave crisis.
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