sábado, 17 de octubre de 2026

CAPITULO VIII DONDE SE CUENTA LO QUE LE SUCEDIÓ A DON QUIJOTE YENDO A VER A SU SEÑORA DULCINEA DEL TOBOSO

 

Bendito sea el poderoso Alá – dice Hamete Benengeli al comienzo deste octavo capítulo, ¡Bendito sea Alá repite tres veces y dice que da estas bendiciones por ver que tiene ya en campaña a don Quijote y a Sancho, y que a los lectores les  agrada la historia y  pueden hacer cuenta que desde             este punto comienzan las hazañas y donaires de don Quijote y de su                                                                escudero                                                         


Persuádeles que se les olviden la pasadas caballerías del Ingenioso Hidalgo, y pongan los ojos en las que están por venir, que desde agora en el camino del Toboso comienzan, como las otras comenzaron en los campos de Montiel, y                no es mucho lo que pide para tanto como él promete;  así prosigue. 

Solos quedaron don Quijote y Sancho, y apenas se hubo apartado Sansón, cuando comenzó a relinchar Rocinante y  a suspirar el rucio, que de entrambos, caballeros y escudero fue tenido a buena señal y por felicísimo agüero; aunque si se ha de contar la verdad, más fueron los sospiros y rebuznos del rucio que los relinchos del rocín, de donde coligió Sancho que su ventura había de sobrepujar y ponerse encima de la  de  su señor, fundándose no sé si en astrología judiciaria que él se sabía, puesto que la historia no lo declara; sólo oyeron decir que cuando tropezaba o caía se holgara no haber salido de casa, sino el zapato roto, o las costillas quebradas; y aunque tonto, no andaba en esto muy fuera de camino. Díjole don Quijote:

-Sancho amigo, la noche se nos va entrando a más andar, y con más oscuridad de la que habíamos menester para alcanzar a ver con el día al Toboso, a donde tengo determinado ir antes que en otra aventura me ponga, y allí tomaré la bendición y buena licencia de la simpar Dulcinea; con la cual licencia pienso y tengo por cierto de acabar y dar felice cima a toda peligrosa aventura, porque ninguna cosa de esta vida hace más valientes a los caballeros andantes que verse favorecidos de sus damas.

-Yo así lo creo respondió Sancho pero tengo por dificultoso que vuestra merced no pueda hablarla, ni verse con ella, en parte, a lo menos, que pueda recibir su bendición. 

Si ya no se la echa desde las bardas del corral, por donde yo la vi la vez primera, cuando la llevé la carta donde iban las nuevas de las sandeces y locuras que vuestra meced quedaba haciendo en el corazón de Sierra Morena.

- ¿Bardas de corral se te antojaron aquellas, Sancho, dijo don Quijote, a donde o por donde viste aquella jamás bastantemente alabada  gentileza y hermosura?. No debían de ser sino galerías, o corredores, o lonjas o cómo las llaman, de ricos y reales palacios.

- Todo pudo ser respondió Sancho pero a mis bardas así me parecieron, será es que soy falto de memoria.

-Con todo eso, vamos allá, Sancho, replicó don Quijote. Que como yo la vea, qué más da   que sea por bardas, que por ventanas, que por resquicios, o verjas de jardines, que cualquier rayo que del sol de su belleza, llegue a mis ojos alumbrará mi entendimiento y fortalecerá mi corazón, de modo que quede único y sin igual en la discreción y en la valentía.

- Pues es verdad, señor, respondió Sancho, que cuando yo vi ese sol de la señora Dulcinea del Toboso, que no estaba tan claro, que pudiese echar rayos de sí algunos; y debió de ser que como su merced estaba ahechando aquel trigo que dije, el mucho polvo que sacaba se le puso como nube ante el rostro y se le oscureció.

-Que todavía das, Sancho – dijo don Quijote, en decir, en pensar, en creer y en porfiar que mi señora Dulcinea ahechaba trigo, siendo  eso un menester y ejercicio que va desviado de todo lo que hacen y deben hacer las personas principales que están constituidas y guardadas para otros ejercicios y entretenimientos, que muestran a tiro de ballesta su principalidad …. Mal se te acuerdan a ti, och Sancho aquellos versos de nuestro poeta donde nos pinta las labores que hacían allá en sus moradas de cristal aquellas cuatro ninfas que del Tajo amado sacaron las cabezas y se sentaron a labrar en el prado verde aquellas ricas telas que allí el ingenioso poeta nos describe, que todas eran de oro, sirgo y perlas contextos y tejidas.

-Y de esta manera debía de ser el de mi señora cuando tú la viste; sino que la envidia que algún mal encantador debe de tener a mis cosas, todas las que me han de dar gusto trueca y vuelve en diferentes figuras que en ellas tienen; y así temo que en aquella historia que dicen que anda impresa de mis hazañas, si por ventura ha sido su autor algún sabio mi enemigo, habrá puesto unas cosas por otras, mezclando con una verdad mil mentiras.

-Eso es lo que yo digo también respondió Sancho y pienso que en esa leyenda o historia que nos dijo el bachiller Carrasco que de nosotros había visto debe de andar mi honra a coche acá, cinchado y, como dicen, al estricote (a mal traer), aquí y allí barriendo las calles.

Pues a fe de bueno que no ha dicho yo mal de ningún encantador, ni tengo tantos bienes que pueda ser envidiado, bien es verdad que soy algo malicioso, y tengo mis ciertos asomos de bellaco, pero todo lo cubre y tapa la gran tapa de la simpleza mía, siempre natural y nunca artificiosa y cuando otra cosa no tuviese sino el creer, como siempre creo, firme y verdaderamente en Dios y en todo aquello que tiene y cree la Santa Iglesia Católica Romana,  y el ser enemigo mortal como lo soy, de los judíos, debían los historiadores tener misericordia de mí y tratarme bien en sus escritos.

Pero digan lo que quisieran; qu desnudo nací, desnudo me hallo; ni pierdo ni gano, aunque por verme puesto en libros y andar por ese mundo de mano en mano, no se me da un higo que digan de mí todo lo que quisieren.


-Eso me parece Sancho dijo don Quijote a lo que sucedió a un famoso poeta de estos tiempos, el cual habiendo hecho una maliciosa sátira contra todas las damas cortesanas, no puso ni asombro en ella a una dama que se podía dudar dudar si lo era o no, la cual viendo que no estaba en la lista de las damas, se quejó al poeta  diciéndole que, que había visto en ella para no ponerla en el número de las otras y que alargase las sátiras y la pusiese en el ensanche, sino que mirase para lo que había nacido.

Hízolo así el poeta  y la puso para que no digan las dueñas y lla quedó satisfecha, por verse con fama, aunque infame. También con esto lo que cuentan de aquel pastor que puso fuego y abrasó el templo famoso de Diana, contado por una de las siete maravillas del mundo, sólo por quedarse vivo su nombre en los siglos venideros; y aunque se mandó que nadie le nombrase ni hiciese por palabra o por escrito mención de su nombre porque no consiguiese el fin de su deseo , todavía se supo que se llamaba Eróstrato.


También alude a esto lo que sucedió al grande Emperador Carlos V con un caballero en Roma, quiso ver el Emperador aquel famoso templo de la Rotunda, que en la antigüedad se llamó el templo de todo los dioses, y ahora con mejor vocación de todos los santos, y es el  edificio que más entero ha quedado de los que alzó la gentilidad en Roma, y es el que más conserva l fama de la grandiosidad y magnificencia de sus fundadores. 

El es de hechura de una media naranja, grandísimo en en extremo, y está muy claro, sin entrarle la luz que la que le concede una ventana , o por mejor decir una claraboya redonda que está en su cima, desde la cual mirando el Emperador el edificio, estaba con él y su lado un caballero romano, declarándola los primores y sotilezas  de aquella gran máquina y de  admirable arquitectura,y habiéndose quitado la claraboya, dijo al Emperador, mil veces sacra Majestad, me vino deseo de abrazarme con vuestra majestad, y arrojarme de aquella claraboya abajo por dejar de mi fama eterna en el mundo.



Yo os agradezco respondió el Emperador, el no haberme puesto tan mal pensamiento en efeto, y de aquí en adelante no os pondré yo en ocasión que volváis a hacer prueba de vuestra lealtad, y así os mando que jamás habléis, ni estéis, donde yo estuviere. Y a estas palabras le hizo una gran merced . Quiero decir Sancho, que el deseo de alcanzar fama es activo en gran manera . Quien piensas tú que arrojó a Horacio del puente abajo, armado de todas armas en la profundidad del Tíber.

¿Quien abrasó el brazo y la mano a Mucio?, ¿quien impelió a Curcio a lanzarse en la profundidad sima ardiente que apareció e la profunda sima ardiente que apareció en la mitad de Roma, ¿Quien contra todos los agüeros que en contra se le habían mostrado, hizo pasar el Rubicón a Cesar.


Y con ejemplos más modernos, ¿quien barrenó los navíos y dejó en seco y aislados los valerosos españoles guiados por el cortesismo Hernán Cortés en el nuevo mundo. Todas estas y otras grandes y diferentes hazañas fueron y serán obras de la fama, que los mortales desean como premios y parte de la inmortalidad que sus famosos hechos merecen , puesto que los cristianos católicos, y andantes caballeros más habemos de atender a la gloria de los siglos venideros, que es eterna en las regiones etéreas y celestes, que a la vanidad de la fama que en este presente y acabable siglo se alcanza por mucho que dure. en fin se ha de acabar con el mesmo mundo, que tiene su fin señalado


Och. Sancho que nuestras obras no han de salir del límite que nos tiene impuesto la la religión cristiana que profesamos, ya sabes que debemos acabar, en los gigantes la Soberbia, a la envidia, en la generosidad y buen pecho en la Ira, en el reposado continente y quietud, a la gula, y al sueño, en el poco comer que comemos, y en el mucho velar que velamos, a la lujuria y lascivia, en la lealtad que guardamos a las que hemos hecho señoras de nuestros pensamientos, a la pereza, con andar por todas las partes del mundo, buscando las ocasiones que nos puedan hacer y hagan sobre cristianos famosos caballeros.


Ves aquí Sancho los motivos por donde se alcanzan los extremos de alabanzas que consigo trae la buena fama y respondió Sancho, lo he entendido todo muy bien pero con todo eso, querría que vuestra merced  me sorbiese una duda que agora en este punto me ha venido a la memoria; que yo responderé lo que supiere. Dígame señor prosiguió Sancho y  esos Julios o Agostos, y todos los caballeros hazañosos que ha dicho y que ya son muertos, ¿donde están agora?

Los gentiles respondió don Quijote, sin duda están en el Infierno, los cristianos, si fueron buenos,  o están en el purgatorio, o en el cielo. Está bien dijo Sancho, pero sepamos agora y esas sepulturas donde están ahora  los cuerpos de esos señoritazos, ¿tienen delante de sí, lámparas de plata, o están adornadas las paredes de sus capillas con muletas de mortajas, de cabelleras, de piernas y de ojos de cera, y si nada de esto no  hay nada entonces de que están  adornados, a lo que respondió don Quijote.
Los sepulcros de los gentiles fueron por la  mayor parte suntuosos templos; las cenizas del cuerpo de Julio Cesar se pusieron sobre una pirámide de piedra de desmesurada grandeza, a quien hoy llaman en Roma, la aguja de San Pedro, al Emperador Adriano le sirvió de sepultura un castillo tan grande como una buena aldea, a quien llamaron Moles Hadriani, que agora es el castillo de Santángel en Roma, la reina Artemisa sepultó a su marido en un Mausoleo que en sus tiempos fue uno de las Siete Maravillas del Mundo, pero ninguna de estas ni de otra muchas se adornaron con mortajas.


Los cuerpos de los santos, sus reliquias, llevan los reyes sobre sus hombros. besan los pedazos de sus huesos, adornan y enriquecen con ellos sus oratorios y sus más preciados altares.

-¿Que quieres que infiera, Sancho.de todo lo que has dicho. Quiero decir dijo Sancho que nos demos a ser santos y alcanzaremos más brevemente la buena fama que pretendemos y advierta que ayer canonizaron o beatificaron dos frailecitos descalzos cuyas cadenas de hierro con que ceñían y atormentaban sus cuerpos se tiene ahora por ventura el besarlas y atormentarlas, y están en más veneración , que está según dije, la espada de Roldan en la armería del Rey nuestro señor.   

En estas y otras semejantes  pláticas se les pasó aquella noche y el día siguiente, sin acontecerles cosa que de contar fuese, de que no poco le pesó a don Quijote. 
En fin,otro día,al anochecer, descubrieron la gran ciudad del Toboso, con cuya vista se le alegraron los espíritu a don Quijote y se le entristecieron a Sancho, porque no sabía la casa de Dulcinea, ni en su vida la había visto, ni tampoco su señor, de modo el uno por verla y el otro por no haberla visto, estaban alborotados.

  
Finalmente ordenó don Quijote entrar en la ciudad bien entrada la noche y en tanto que la hora se llegaba, se quedaron entre unas encinas que cerca del Toboso  estaban, y llegado el determinado punto, entraron en la ciudad, donde les sucedió cosas que a cosas llegan.                          


      
                    

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