El
Escorial 13 de septiembre de 1598.- A las tres de la mañana fallece en el
monasterio palacio y panteón de El Escorial que mandó a construir a mayor gloria
de su padre y de su dinastía, el rey más poderoso de la historia española.
Felipe II
gobernó sobre una quinta parte de Europa occidental y sus dominios abarcaban
todo el orbe, desde Filipinas y Perú hasta España y Sicilia, el mayor imperio
que hasta entonces había existido.
Quien
hubo de gobernar con tamaña responsabilidad era un hombre muy consciente de sus
obligaciones, que empleó casi todo su tiempo de reinado en atender peticiones
conversar con los secretarios, leer al detalle las consultas de sus consejos y
pensar cual podría ser la mejor solución para los problemas que agobiaban a un
imperio que nunca tuvo ese nombre, sin embargo, era una persona profundamente
insegura, que a pesar de su apariencia grave, el efecto que inspiraba y la
profundidad de su cultura, vivió siempre comparándose con el modelo de su padre
y sintiéndose siempre inferior.
Nunca
tuvo la apostura, la gracia y el aire desenvuelto que este había mostrar en
cualquier ocasión. Felipe II tenía un deber que cumplir, y procuró hacerlo pero
siempre lo entendió como una losa puesta por Dios sobre sus hombros, nunca como
un placer o una aventura
En 1.575
confesaba a sus secretarios <<digo yo que es muy ruin oficio el suyo….
Veréis lo que acá se debe pasar estos días que cierto yo no sé cómo
vivo>>.
Cuatrocientos
años después aún cuesta un juicio sereno sobre el desempeño y la conducta del
rey Felipe. En vida y pocos años después de su muerte, los numerosos enemigos
dela política castellana lanzaron virulentos ataques contra quienes les parecía un auténtico mantuvo.
Hasta su
vida privada fue distorsionada haciéndole aparece como un mujeriego, o un ser
cruel y depravado. Por otro lado en España se escribió hasta hace pocas décadas
una leyenda rosa que destacaba sobre todo su labor en defensa de la fe y su
poderío internacional.
En
realidad, sus cartas lo descubren como una persona profundamente familiar que
tuvo que contraer matrimonio cuatro veces a causa de las tempranas muertes de
sus esposas.
Hacía
todas ellas mostró afecto pero sólo amó realmente a María de Portugal e Isabel
de Valois, María Tudor la reina de Inglaterra su segunda mujer, le fue impuesta
como un asunto de estado, y era para Felipe particularmente; Ana de Austria lle
llegó en plena madurez, y también murió antes que su marido tras darle un
heredero.
Fuera de
ellas, los escarceos apenas pasaron de breves aventuras y su rigorismo moral
nunca se hizo especialmente grato el sexo. Sus hijas fueron siempre para él
una fuente de alegría y consuelo. Menor
suerte tuvo con los varones. Carlos enfermó, contrahecho y medio loco.
Ele tenía
apesadumbrado. No cabe duda de que la decisión de encerrarle fue dolorosa para
el rey, quien debió sentirse además humillado por este castigo del cielo,
notorio para todo el mundo. Felipe el que le sucedería creció con un
temperamento completamente distinto al suyo, inconstante y sin conciencia del
deber que había de afrontar.
La faceta
más conocida de su personalidad era la
pasión que mostraba por cualquier detalle. Desde las flores que crecían en los
jardines, hasta las tropas que marchaban a la batalla, todo era dispuesto por
él.
Viajó
mucho al principio por toda España,
Portugal, Alemania. Flandes e Inglaterra y probablemente no lo hizo más por lo
poco que la atraían las ceremonias y la dificultad de mover el gran volumen de
papeles y burócratas que necesitaba el
gobierno.
Para
ocuparse personalmente de tantas cosas era necesaria una formación universal,
que adquirió en su juventud con profesores humanistas y se preocupó de poner
constantemente al día.
Fue
profundamente religioso, sin superstición, y nunca dudó de estar realizando la
Obra de Dios, pero en su nombre cayó a menudo en la inflexibilidad, los errores
de apreciación sobre todo en lo tocante
Inglaterra y el protestantismo, siendo el máximo responsable de guerras
o sucesos desgraciados, incluyendo varios asesinatos.
Sin
embargo sentía una especial repulsión ante la violencia que empleaba sólo
cuando creía que era imprescindible. Contemplando el campo de batalla de San
Quintín tras la lucha exclamó <<¿Cómo es posible que a mi padre le
gustara esto?<< y nunca volvió a ponerse al frente del ejército.
Por el
contario, como casi todos los nobles de su tiempo, era un gran aficionado a la
caza. El Emperador Carlos su padre, tuvo que tasarle el número de piezas que
podría abatir cada semana para impedir que despoblara los cotos reales.
Nunca
pretendió ampliar sus dominios, salvo cuando le correspondía por herencia, caso
de Portugal y de las guerras en que embarcó, tenían como único fin la defensa
contra los turcos, el mantenimiento de
su autoridad, sobre que nunca admitió vacilaciones, o la lucha en nombre de la fe católica.
Como
padre de sus súbditos y responsable ante Dios
de sus almas fue implacable en la extirpación de brotes heréticos en sus
tierras. No estaba sin embargo dispuesto a poner en peligro el imperio de las
fronteras.
Fue tal vez el monarca de costumbres más sencillas del siglo XVI
Tras su primera viudedad vistió siempre de negro, y aunque cambiaba todos los meses de traje, estos tenían siempre el mismo corte. Frugal más que austero, un contemporáneo dijo de él que, parecía un burgués acomodado y no, un noble rey.

No hay comentarios:
Publicar un comentario