sábado, 4 de abril de 2026

LOS TRABAJOS DEL REY PRUDENTE



El Escorial 13 de septiembre de 1598.- A las tres de la mañana fallece en el monasterio palacio y panteón de El Escorial que mandó a construir a mayor gloria de su padre y de su dinastía, el rey más poderoso de la historia española.

Felipe II gobernó sobre una quinta parte de Europa occidental y sus dominios abarcaban todo el orbe, desde Filipinas y Perú hasta España y Sicilia, el mayor imperio que hasta entonces había existido.

Quien hubo de gobernar con tamaña responsabilidad era un hombre muy consciente de sus obligaciones, que empleó casi todo su tiempo de reinado en atender peticiones conversar con los secretarios, leer al detalle las consultas de sus consejos y pensar cual podría ser la mejor solución para los problemas que agobiaban a un imperio que nunca tuvo ese nombre, sin embargo, era una persona profundamente insegura, que a pesar de su apariencia grave, el efecto que inspiraba y la profundidad de su cultura, vivió siempre comparándose con el modelo de su padre y sintiéndose siempre inferior.

Nunca tuvo la apostura, la gracia y el aire desenvuelto que este había mostrar en cualquier ocasión. Felipe II tenía un deber que cumplir, y procuró hacerlo pero siempre lo entendió como una losa puesta por Dios sobre sus hombros, nunca como un placer o una aventura

En 1.575 confesaba a sus secretarios <<digo yo que es muy ruin oficio el suyo…. Veréis lo que acá se debe pasar estos días que cierto yo no sé cómo vivo>>.

Cuatrocientos años después aún cuesta un juicio sereno sobre el desempeño y la conducta del rey Felipe. En vida y pocos años después de su muerte, los numerosos enemigos dela política castellana lanzaron virulentos ataques contra quienes les  parecía un auténtico mantuvo.

Hasta su vida privada fue distorsionada haciéndole aparece como un mujeriego, o un ser cruel y depravado. Por otro lado en España se escribió hasta hace pocas décadas una leyenda rosa que destacaba sobre todo su labor en defensa de la fe y su poderío internacional.

En realidad, sus cartas lo descubren como una persona profundamente familiar que tuvo que contraer matrimonio cuatro veces a causa de las tempranas muertes de sus esposas.

Hacía todas ellas mostró afecto pero sólo amó realmente a María de Portugal e Isabel de Valois, María Tudor la reina de Inglaterra su segunda mujer, le fue impuesta como un asunto de estado, y era para Felipe particularmente; Ana de Austria lle llegó en plena madurez, y también murió antes que su marido tras darle un heredero.

Fuera de ellas, los escarceos apenas pasaron de breves aventuras y su rigorismo moral nunca se hizo especialmente grato el sexo. Sus hijas fueron siempre para él una  fuente de alegría y consuelo. Menor suerte tuvo con los varones. Carlos enfermó, contrahecho y medio loco.

Ele tenía apesadumbrado. No cabe duda de que la decisión de encerrarle fue dolorosa para el rey, quien debió sentirse además humillado por este castigo del cielo, notorio para todo el mundo. Felipe el que le sucedería creció con un temperamento completamente distinto al suyo, inconstante y sin conciencia del deber que había de afrontar.

La faceta más conocida de su personalidad  era la pasión que mostraba por cualquier detalle. Desde las flores que crecían en los jardines, hasta las tropas que marchaban a la batalla, todo era dispuesto por él.

Viajó mucho al principio por toda  España, Portugal, Alemania. Flandes e Inglaterra y probablemente no lo hizo más por lo poco que la atraían las ceremonias y la dificultad de mover el gran volumen de papeles y burócratas  que necesitaba el gobierno.

Para ocuparse personalmente de tantas cosas era necesaria una formación universal, que adquirió en su juventud con profesores humanistas y se preocupó de poner constantemente al día.

Fue profundamente religioso, sin superstición, y nunca dudó de estar realizando la Obra de Dios, pero en su nombre cayó a menudo en la inflexibilidad, los errores de apreciación sobre todo en lo tocante  Inglaterra y el protestantismo, siendo el máximo responsable de guerras o sucesos desgraciados, incluyendo varios asesinatos.

Sin embargo sentía una especial repulsión ante la violencia que empleaba sólo cuando creía que era imprescindible. Contemplando el campo de batalla de San Quintín tras la lucha exclamó <<¿Cómo es posible que a mi padre le gustara esto?<< y nunca volvió a ponerse al frente del ejército.

Por el contario, como casi todos los nobles de su tiempo, era un gran aficionado a la caza. El Emperador Carlos su padre, tuvo que tasarle el número de piezas que podría abatir cada semana para impedir que despoblara los cotos reales.

Nunca pretendió ampliar sus dominios, salvo cuando le correspondía por herencia, caso de Portugal y de las guerras en que embarcó, tenían como único fin la defensa contra  los turcos, el mantenimiento de su autoridad, sobre que nunca admitió vacilaciones, o la lucha en  nombre de la fe católica.

Como padre de sus súbditos y responsable ante Dios de sus almas fue implacable en la extirpación de brotes heréticos en sus tierras. No estaba sin embargo dispuesto a poner en peligro el imperio de las fronteras.

Fue tal vez el monarca de costumbres más sencillas del siglo XVI

Tras su primera viudedad vistió siempre de negro, y aunque cambiaba todos los meses de traje, estos tenían siempre el mismo corte. Frugal más que austero, un contemporáneo dijo de él que, parecía un burgués acomodado y  no,  un noble rey.

Fue querido y se paseó siempre desarmado entre sus súbditos hispanos. Uno de ellos señalaba en 1606 “Todo los que estuvimos presentes derramamos muchas lágrimas, en el momento de su muerte pero fueron poco comparadas con nuestra pérdida.



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