Madrid,
enero de 1.698.-Carlos II confía al inquisidor Recabarte sus sospechas de estar
hechizado, tal como afirma el vulgo al ver su falta de descendencia, sus
continuos problemas físicos y sus ataques epilépticos.
El
Inquisidor Recabarte ordena el inmediato relevo del confesor real otorgando el
cargo a fray Froilán Díaz. Junto con esta medida acude también a ver a fray
Antonio Álvarez de Arguelles, gran exorcista y vicario de un convento dominico
de Cangas de Tineo. Algunas monjas del convento a las que previamente había exorcizado
revelan que el rey se halla hechizado por orden de su madre y del valido
Valenzuela.
A partir
de este momento Carlos II sufre una serie de complicados exorcismos y conjuros,
la aplicación de horribles pócimas que agravan aún más sus enfermedades, y todo
lo que se les ocurre para luchar contra las fuerzas del demonio.
A tal
extremo llega el asunto que la misma corte de Viena envía a su propio exorcista
para auxiliar al monarca. La reina Mariana de Neoburgo ve en tales maniobras el
reflejo de la lucha en la que ella misma está también implicada.
Los personajes
que se muestran a favor o en contra del exorcismo del rey son partidarios de
Austria o de Francia, con posibles sucesores de la corona.
Finalmente,
gracias a la intervención de la reina, se logra que el inquisidor ponga fin a
tales locuras.
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