jueves, 28 de mayo de 2026
DE DON LUIS MIRANDA PODADERA
Se vislumbró un majestuoso relámpago, cuya proyección hendió el plúmbeo cielo como una arista enrojecida y zigzagueante.
El rayo agujereó la agreste montaña, que se estremeció en un zumbido espectral, enervante y estentóreo, de explosión volcánica y los rimbombantes ecos rebotaron en una extensa área, por valles, barrancos y abismos, cual si el orbe fuera a derrumbarse por inestabilidad.
Los gélidos aquilones silbaron removiendo espeluznantes tolvaneras, que astillaron las helicoidales aspas de los molinos. Las nubes vertiginosamente, se recogieron.
Los pájaros, esquivando el temporal, se ovillaron acobardados, cobijados en las oquedades abruptas, y la tempestad, en su apogeo turbulento, adquirió ambiente apocalíptico, hasta que el aluvión, en tromba, cayó sobre caminos y atajos, inundándolos.
Anegó y devastó ubérrimos vergeles y sepultó en la aldea las débiles covachas de adobe.
El mar embravecido, balanceaba una endeble corbeta de velas henchidas por el batiente torbellino, la cual fue a encallar en bronco envite o embestida en un escollo, que horadó el estrave junto a la curvilínea y abollada quilla.
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