DRAMA
DE LA VIDA REAL.
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Dos
montañeros decidieron realizar una hazaña que jamás había sido intentada antes:
Subir más arriba de la llamada Zona de la Muerte, solos sin cuerdas, oxigeno u
otra ayuda artificial, siendo una de las más apasionantes narraciones de los
últimos tiempos.
Solo
existen catorce montañas que pasen de los ocho mil metros de altitud hasta
mediado el verano de 1975, únicamente seis montañeros habían sido capaces de
coronar dos de aquellas cimas. El mes de julio, uno de esos seis hombres,
Reinhold Messner, de treinta años de edad, exprofesor de matemáticas, emprendió
la marcha por las tierras altas del
norte de Cachemira, cortadas por múltiples glaciares, decidido a ser el primer
montañero de la historia que conquistara tres.
Con un
solo montañero, Peter Habeler, y doce porteadores que llevaban sus 180 kilos de
equipo, se propuso como objetivo subir al Pico Escondido de 8.068 metros, en la
cordillera de Karakorum, la más occidental de los Himalayas.
Porteadores
El Pico
Escondido no es la montaña más alta de la tierra, ni Messner ni y Habeler
serían los primeros en coronarla, pero si lo conseguían, harían historia entre
los escaladores del mundo, puesto que jamás se habían atrevido dos hombres
solos, con poco más que un hacha para el hielo y crampones, sin oxígeno ni
amplio apoyo técnico, a subir tales alturas.
Los
porteadores, las cuerdas y la mayor parte del equipo habrían de quedar atrás,
bastante lejos.
Como
trapecistas que trabajen sin red, habían de trepar por la que los escaladores
llamaban la Zona de la Muerte, peligrosa altura donde no es posible el rescate
por helicóptero, y el aire se halla tan enrarecido que el organismo humano no
puede recuperarse
Estos dos
escaladores creían que la tecnología estaba destruyendo el espíritu deportivo
del alpinismo. Se habían entrenado durante dos meses para resistir en las
grandes alturas, y ahora confiaban en sus enormes reservas de energía, y poco
más para subir a la cumbre y volver.
En realidad
habían estado preparándose durante toda la vida para tal empresa. Ambos habían
nacido en la región de los Alpes tiroleses, pero ambos comprendían que al
llegar a la cima es menos importante que cómo subir a ella.
Los dos
escalaban con lo que se llama <<medios limpios>>, es decir
utilizando las cuerdas como medida de seguridad y no para subir por ellas.
Llevaban únicamente crampones y hachas para
desplazar por superficies
heladas. No utilizaban ningún otro equipo, ni siquiera oxígeno.
En 1974,
a cuerpo limpio, conquistaron en diez horas la cara norte del Eger, peligroso
pico delos Alpes suizos cuya conquista había costado 38 vidas hasta entonces.
Su marca aún no había sido batida.
La
aventura del Pico Escondido comenzó en 1975 cuando Nessner y y Habeler
obtuvieron permiso del gobierno del Pakistán para llevar a cabo una expedición
de sólo dos hombres. Luego entrenaron a fondo en los picachos del Tirol.
A pesar
de todo, cuando partieron de Múnich para iniciar su audaz y solitaria
expedición, pocos deportistas avezados les concedían la más mínima posibilidad
de éxito.
Era
imposible que dos personas sin equipo de apoyo experimentado trepasen a más de
ocho mil metros. Intentar aquella locura sin oxígeno y sin un experto grupo de apoyo, era suicida.
Sin tener en cuenta aquellas sombrías predicciones, el pequeño grupo partió de
Skardu, en las tierras altas de Cachemira hacía el glaciar de Boltoro en la
mañana del 13 de julio de 1975. Tardaron siete días en llegar, y otros cinco en
cruzar 65 kilómetros de hielos quebrados, paisaje tan desolado que les parecía
estar siempre en el mismo lugar.
Por la
tarde del jueves 24 de julio alcanzaron el final del glaciar, a una altura de
5.100 metros donde acamparon y despidieron a los porteadores.
El domino
27 contemplaron la cara noroeste de Pico Escondido por vez primera. Treparon a
un punto elevado, por encima de su campamento y se vieron rodeados por algunas
de las más impresionantes montañas de la tierra, Chogolisa, las seis cumbres de
la cadena Gasherbrum y completamente enfrente el espectacular macizo, estriado
de nieve de Gasherbrum o Pico Escondido.
Al sol
poniente se destacaban sus agudas aristas de granito, franqueadas por paredes
de hielo tan cortadas a pico que no mostraban saliente aluno para que ningún
ser viviente pudiera aferrarse a él.
Messner y
Habeler habían planeado atacar al gigante por la cara noroeste, por lo que
nunca se había intentado el ascenso trepando por una muralla de roca y hielo de
1.200 metros que se inclinaba sólo quince grados de la vertical absoluta,
ángulo tan agudo como el de las afiladas agujas de una catedral y se elevaba
hasta un saliente que parecía hacer imposible todo acceso al picacho.
¿Serían
capaces de llegar a aquel punto?, incluso en el supuesto aunque hiciera buen
tiempo y contasen plenamente con su capacidad y resistencia existía un factor
imprevisible. Ningún equipo de dos hombres había escalado nunca de aquel modo
una cumbe de ocho ml metros.
De
repente, el tiempo comenzó a empeorar. La nevada y una gélida niebla les aisló
de un mundo alucinante que sólo podían contemplar de manera intermitente.
Pasaron
varios días de gran tensión mientras continuaban reconociendo los flancos de la
montaña, hacían y deshacían sus mochilas y esperaban a que se despejase la
neblina. Con optimismo, guardaron una clavija con intención de clavarla en la
cima como prueba de su ascensión.
Por fin
la noche del 7 de agosto, surgió el Pico Escondido entre la niebla, silueteado
sobre un cielo tachonado de estrellas.
Antes de rayar el día, comenzaron la etapa final.
Al alba,
los montañeros estaban ya trepando por el glaciar hacia la cara noroeste,
manteniéndose en la zona de sombra, puesto que el disolvente esplendor del sol
se ensanchaban las grietas del hielo, se derrumbaban las cornisas de nieve y
caían aludes con un enorme estruendo.
Poco
después de mediodía, a una altura de casi seis mil metros, establecieron su
primera base.
Como era
temprano, podían haber proseguido la marcha, pero repentinamente se había
apoderado de Habeler un terrible dolor de cabeza y penas veía. No era la primera vez que le
sucedía a grandes alturas, y solía mejorar a las tres o cuatro horas.
Como
nunca había subido a más de 6.700 metros, Messner empezó a preguntarse cómo se
comportaría el organismo de Peter en la Zona de la Muerte, en la que oxígeno
era escasísimo.
Al día
siguiente iban a enfrentarse con los momentos decisivos de la jornada. Hasta
que no superasen la abrupta cara noroeste, podían regresar con seguridad a la
base; pero una vez allá arriba se hallarían a merced de la montaña.
Un cambio
de tiempo, un simple percance en aquella muralla implacable, significaba el fin
de sus días. Se detuvieron unos instantes, con la vida sensación de que
cruzaban una peligrosa frontera, y comenzaron la escalada.
Alternaban
de posición. Cada veinticinco pasos hacían una pausa para tomar aliento. Cada
250 cambiaban de puesto. El que marcaba el frente debía descubrir el camino
hacia lo alto, buscando el pequeño saliente o hueco que le permitiera ascender.
Cuando
llegaban a un punto sin salida, podían apartarse a la derecha o a la izquierda,
pero el peligro consistía en que no había tiempo para desviarse de la ruta de
subida.
En ningún
momento discutió una de las decisiones del otro. Era tan absoluta su mutua
confianza que las únicas palabras que cruzaban consistían en afirmar que todo
iba bien.
A la
caída de la tarde, tras haber ascendido durante ocho horas por la tremenda
muralla, llegaron al gran saliente de roca negra. Parecía no haber medio de
salvarlo, pero les era imprescindible hacerlo, ya que resultaba imposible el
regreso en la obscuridad de la noche, y tampoco podían permanecer agarrados a
unos pequeños salientes durante las gélidas horas nocturnas.
Messner,
que iba en vanguardia, tanteó la ruta por un canal de hielo que consiguieron
abrir en la roca blanda que se proyectaba sobre sus cabezas, se trataba de un
canal más estrecho y empinado que ningún otro que hubieran cruzado en su vida,
pro no tenían más opción que aquella.
Messner
se quitó lo guantes y se estiró cuanto pudo hasta que encontró una rendija, a
la que se sujetó fuertemente y luego se elevó poco a poco.
Centímetro
a centímetro fue ganando terreno, tanteando hacía arriba hasta hallar el más
mínimo entrante o saliente al que aferrarse. Cuando los dedos se hallaban tan
entumecidos por el frío que habían perdido toda sensibilidad, el montañero ya
se hallaba bastante adentro de la hendidura, que se había ido estrechando cada
vez más, y comenzó a ayudarse con los crampones de sus botas, seguido muy cerca
por Habeler.
Tras dos
horas espeluznantes lograron salvar el peligroso paso.
Ahora le
tocaba a Hebeler encabezar la escalada,
Próximos al agotamiento, los dos hombres se preguntaron ¿A dónde vamos desde aquí?,
Luego trepando dificultosamente hasta la cima de una enorme pared. Habeler se
volvió hacía su compañero, con el rostro grisáceo y fatigado, iluminado por una
radiante sonrisa: había hallado el lugar preciso para establecer la Base 2.
Frente a él
había un reborde donde podían plantar su tienda, sentarse, e incluso acostarse,
a una altitud de siete mil metros.
Durante
largo tiempo permanecieron tumbados, con la cabeza apoyada en la mochila, sin
hablar, ni moverse. Por primera vez en diez horas no necesitaban concentrarse
para mantener el equilibrio o buscar el siguiente equipo, y su satisfacción era
tan grande como la fatiga que invadía sus agotados cuerpos.
Por fin se
decidieron con gran esfuerzo de voluntad, a montar la tienda y encender el
hornillo de gas.
Al caer
la noche se levantó un fuerte tiempo acompañado por copos de nieve que se estrellaban
contra las paredes de su refugio de lona. Los dos escaladores, entre tanto,
solos en el techo del mundo, charlaban y bebían té y esperaban el gran día.
Sólo
pudieron dormir a ratos y cuando se levantaron, sus movimientos eran torpes, el
sol estaba ya en el horizonte antes de que pudieran ponerse en marcha.
Después de
pasar por el borde superior de una gran extensión de nieve volvieron a la rítmica
escalada, más perezosa esta vez, deteniéndose en una cornisa donde se unían las
caras norte y noroeste de la montaña.
El aire les
entraba por la tráquea dificultosamente como si la tuvieran obstruida, pero a pesar
de la afanosa respiración sentían un silencioso entusiasmo.
Prosiguieron
la lucha, aunque la respiración se les hacía cada vez más difícil. El organismo
les parecía un cuerpo ajeno que apenas funcionaba. De vez en cuando les transmitía
mensajes de dolor, frío y agotamiento.
A pesar
de haber bebido litros de té y zumos de fruta, ninguno de ellos había orinado
en dos días. Tenían que recurrir a un máximo esfuerzo de voluntad para obligar
a pies y manos a avanzar, estirarse y agarrar.
A cada
paso que daban hacía arriba se enrarecía más el aire y disminuían sus fuerzas.
De vez en
cuando pronunciaban algunas palabras (¿Estás bien?), Sí perfectamente, lo que
hacían para oír el sonido consolador de la otra voz que para intercambiar
información.
Se
levantó fuerte viento, pero no resultaba desagradable. El tiempo se mantenía despejado y el sol iluminaba los picachos de intenso
contraste de negros y blancos.
Sobre los
contrafuertes orientales del Pico Escondido se divisaban infinitas crestas
rocosas que se perdían en dirección al Tíbet.
Respirando
angustiosamente, cayendo y volviendo a levantarse cubrieron los mil metros finales que le separaban de la cumbre y se convirtieron en los dos seres humanos
que solos y sin ayuda habían alcanzado aquella enorme altura.
Se
abrazaron llenos de júbilo y derramaron lágrimas de emoción y alegría, luego
gravaron en el hielo la única clavija que llevaban y se sentaron hasta que se
les pasó la emoción.
Ningún
otro ser humano había presenciado la magnífica hazaña, y nadie podía felicitar
a Habeler por haber coronado su primera montaña de más de ocho mil meros ní a
Messner por haberse convertido en el primer ser humano de la historia capaz de
conquistar tres colosos.
La recompensa
estaba ya en su espíritu, y comenzaron a pensar en la siguiente escalada-
Después
de aquella conquista y en la primavera de 1977, Messner, Habeler y dos compañeros fracasaron en
su intento de escalar el Dhaulagiri, cumbre de 8.167 metros en los Himalayas, a
causa de seis semanas seguidas de nevada consecutivas y mal tiempo. Sin
adentrarse por ello han obtenido permiso del gobierno de Nepal para intentar
escalar este año el Everest, el más alto del mundo utilizando <<medios
limpios>>








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