domingo, 20 de septiembre de 2026

EL ASALTO AL PICO ESCONDIDO

 

              

                           DRAMA DE LA VIDA REAL.

Dos montañeros decidieron realizar una hazaña que jamás había sido intentada antes: Subir más arriba de la llamada Zona de la Muerte, solos sin cuerdas, oxigeno u otra ayuda artificial, siendo una de las más apasionantes narraciones de los últimos tiempos.

Solo existen catorce montañas que pasen de los ocho mil metros de altitud hasta mediado el verano de 1975, únicamente seis montañeros habían sido capaces de coronar dos de aquellas cimas. El mes de julio, uno de esos seis hombres, Reinhold Messner, de treinta años de edad, exprofesor de matemáticas, emprendió la marcha  por las tierras altas del norte de Cachemira, cortadas por múltiples glaciares, decidido a ser el primer montañero de la historia que conquistara tres.


Con un solo montañero, Peter Habeler, y doce porteadores que llevaban sus 180 kilos de equipo, se propuso como objetivo subir al Pico Escondido de 8.068 metros, en la cordillera de Karakorum, la más occidental de los Himalayas.

Porteadores

El Pico Escondido no es la montaña más alta de la tierra, ni Messner ni y Habeler serían los primeros en coronarla, pero si lo conseguían, harían historia entre los escaladores del mundo, puesto que jamás se habían atrevido dos hombres solos, con poco más que un hacha para el hielo y crampones, sin oxígeno ni amplio apoyo técnico, a subir tales alturas.

Los porteadores, las cuerdas y la mayor parte del equipo habrían de quedar atrás, bastante lejos.

Como trapecistas que trabajen sin red, habían de trepar por la que los escaladores llamaban la Zona de la Muerte, peligrosa altura donde no es posible el rescate por helicóptero, y el aire se halla tan enrarecido que el organismo humano no puede recuperarse

Estos dos escaladores creían que la tecnología estaba destruyendo el espíritu deportivo del alpinismo. Se habían entrenado durante dos meses para resistir en las grandes alturas, y ahora confiaban en sus enormes reservas de energía, y poco más para subir a la cumbre y volver.

En realidad habían estado preparándose durante toda la vida para tal empresa. Ambos habían nacido en la región de los Alpes tiroleses, pero ambos comprendían que al llegar a la cima es menos importante que cómo subir a ella.

Los dos escalaban con lo que se llama <<medios limpios>>, es decir utilizando las cuerdas como medida de seguridad y no para subir por ellas. Llevaban únicamente crampones y hachas para   desplazar por superficies heladas. No utilizaban ningún otro equipo, ni siquiera oxígeno.

En 1974, a cuerpo limpio, conquistaron en diez horas la cara norte del Eger, peligroso pico delos Alpes suizos cuya conquista había costado 38 vidas hasta entonces. Su marca aún no había sido batida.

Mahagar 8848 

La aventura del Pico Escondido comenzó en 1975 cuando Nessner y y Habeler obtuvieron permiso del gobierno del Pakistán para llevar a cabo una expedición de sólo dos hombres. Luego entrenaron a fondo en los picachos del Tirol.


A pesar de todo, cuando partieron de Múnich para iniciar su audaz y solitaria expedición, pocos deportistas avezados les concedían la más mínima posibilidad de éxito.

Era imposible que dos personas sin equipo de apoyo experimentado trepasen a más de ocho mil metros. Intentar aquella locura sin oxígeno y sin  un  experto grupo de apoyo, era suicida.

Sin tener en cuenta aquellas sombrías predicciones, el pequeño grupo partió de Skardu, en las tierras altas de Cachemira hacía el glaciar de Boltoro en la mañana del 13 de julio de 1975. Tardaron siete días en llegar, y otros cinco en cruzar 65 kilómetros de hielos quebrados, paisaje tan desolado que les parecía estar siempre en el mismo lugar.

Por la tarde del jueves 24 de julio alcanzaron el final del glaciar, a una altura de 5.100 metros donde acamparon y despidieron a los porteadores.

El domino 27 contemplaron la cara noroeste de Pico Escondido por vez primera. Treparon a un punto elevado, por encima de su campamento y se vieron rodeados por algunas de las más impresionantes montañas de la tierra, Chogolisa, las seis cumbres de la cadena Gasherbrum y completamente enfrente el espectacular macizo, estriado de nieve de Gasherbrum o Pico Escondido.

Al sol poniente se destacaban sus agudas aristas de granito, franqueadas por paredes de hielo tan cortadas a pico que no mostraban saliente aluno para que ningún ser viviente pudiera aferrarse a él.

Messner y Habeler habían planeado atacar al gigante por la cara noroeste, por lo que nunca se había intentado el ascenso trepando por una muralla de roca y hielo de 1.200 metros que se inclinaba sólo quince grados de la vertical absoluta, ángulo tan agudo como el de las afiladas agujas de una catedral y se elevaba hasta un saliente que parecía hacer imposible todo acceso al picacho.

¿Serían capaces de llegar a aquel punto?, incluso en el supuesto aunque hiciera buen tiempo y contasen plenamente con su capacidad y resistencia existía un factor imprevisible. Ningún equipo de dos hombres había escalado nunca de aquel modo una cumbe de ocho ml metros.

De repente, el tiempo comenzó a empeorar. La nevada y una gélida niebla les aisló de un mundo alucinante que sólo podían contemplar de manera intermitente.

Pasaron varios días de gran tensión mientras continuaban reconociendo los flancos de la montaña, hacían y deshacían sus mochilas y esperaban a que se despejase la neblina. Con optimismo, guardaron una clavija con intención de clavarla en la cima como prueba de su ascensión.

Por fin la noche del 7 de agosto, surgió el Pico Escondido entre la niebla, silueteado sobre un  cielo tachonado de estrellas. Antes de rayar el día, comenzaron la etapa final.

Al alba, los montañeros estaban ya trepando por el glaciar hacia la cara noroeste, manteniéndose en la zona de sombra, puesto que el disolvente esplendor del sol se ensanchaban las grietas del hielo, se derrumbaban las cornisas de nieve y caían aludes con un enorme estruendo.

Poco después de mediodía, a una altura de casi seis mil metros, establecieron su primera base.

Como era temprano, podían haber proseguido la marcha, pero repentinamente se había apoderado de Habeler un terrible dolor de cabeza y  penas veía. No era la primera vez que le sucedía a grandes alturas, y solía mejorar a las tres o cuatro horas.


Como nunca había subido a más de 6.700 metros, Messner empezó a preguntarse cómo se comportaría el organismo de Peter en la Zona de la Muerte, en la que oxígeno era escasísimo.

Al día siguiente iban a enfrentarse con los momentos decisivos de la jornada. Hasta que no superasen la abrupta cara noroeste, podían regresar con seguridad a la base; pero una vez allá arriba se hallarían a merced de la montaña.



Un cambio de tiempo, un simple percance en aquella muralla implacable, significaba el fin de sus días. Se detuvieron unos instantes, con la vida sensación de que cruzaban una peligrosa frontera, y comenzaron la escalada.

Alternaban de posición. Cada veinticinco pasos hacían una pausa para tomar aliento. Cada 250 cambiaban de puesto. El que marcaba el frente debía descubrir el camino hacia lo alto, buscando el pequeño saliente o hueco que le permitiera ascender.

Cuando llegaban a un punto sin salida, podían apartarse a la derecha o a la izquierda, pero el peligro consistía en que no había tiempo para desviarse de la ruta de subida.

En ningún momento discutió una de las decisiones del otro. Era tan absoluta su mutua confianza que las únicas palabras que cruzaban consistían en afirmar que todo iba bien.

A la caída de la tarde, tras haber ascendido durante ocho horas por la tremenda muralla, llegaron al gran saliente de roca negra. Parecía no haber medio de salvarlo, pero les era imprescindible hacerlo, ya que resultaba imposible el regreso en la obscuridad de la noche, y tampoco podían permanecer agarrados a unos pequeños salientes durante las gélidas horas nocturnas.

Messner, que iba en vanguardia, tanteó la ruta por un canal de hielo que consiguieron abrir en la roca blanda que se proyectaba sobre sus cabezas, se trataba de un canal más estrecho y empinado que ningún otro que hubieran cruzado en su vida, pro no tenían más opción que aquella.

Messner se quitó lo guantes y se estiró cuanto pudo hasta que encontró una rendija, a la que se sujetó fuertemente y luego se elevó poco a poco.

Centímetro a centímetro fue ganando terreno, tanteando hacía arriba hasta hallar el más mínimo entrante o saliente al que aferrarse. Cuando los dedos se hallaban tan entumecidos por el frío que habían perdido toda sensibilidad, el montañero ya se hallaba bastante adentro de la hendidura, que se había ido estrechando cada vez más, y comenzó a ayudarse con los crampones de sus botas, seguido muy cerca por  Habeler.

Tras dos horas espeluznantes lograron salvar el peligroso paso.

Ahora le tocaba a Hebeler  encabezar la escalada, Próximos al agotamiento, los dos hombres se preguntaron ¿A dónde vamos desde aquí?, Luego trepando dificultosamente hasta la cima de una enorme pared. Habeler se volvió hacía su compañero, con el rostro grisáceo y fatigado, iluminado por una radiante sonrisa: había hallado el lugar preciso para establecer la Base 2.

Frente a él había un reborde donde podían plantar su tienda, sentarse, e incluso acostarse, a una altitud de siete mil metros.

Durante largo tiempo permanecieron tumbados, con la cabeza apoyada en la mochila, sin hablar, ni moverse. Por primera vez en diez horas no necesitaban concentrarse para mantener el equilibrio o buscar el siguiente equipo, y su satisfacción era tan grande como la fatiga que invadía sus agotados cuerpos.

Por fin se decidieron con gran esfuerzo de voluntad, a montar la tienda y encender el hornillo de gas.

Al caer la noche se levantó un fuerte tiempo acompañado por copos de nieve que se estrellaban contra las paredes de su refugio de lona. Los dos escaladores, entre tanto, solos en el techo del mundo, charlaban y bebían té  y esperaban el gran día.

Sólo pudieron dormir a ratos y cuando se levantaron, sus movimientos eran torpes, el sol estaba ya en el horizonte antes de que pudieran ponerse en marcha.

Después de pasar por el borde superior de una gran extensión de nieve volvieron a la rítmica escalada, más perezosa esta vez, deteniéndose en una cornisa donde se unían las caras norte y noroeste de la montaña.

El aire les entraba por la tráquea dificultosamente como si la tuvieran obstruida, pero a pesar de la afanosa respiración sentían un silencioso entusiasmo.

Prosiguieron la lucha, aunque la respiración se les hacía cada vez más difícil. El organismo les parecía un cuerpo ajeno que apenas funcionaba. De vez en cuando les transmitía mensajes de dolor, frío y agotamiento.


A pesar de haber bebido litros de té y zumos de fruta, ninguno de ellos había orinado en dos días. Tenían que recurrir a un máximo esfuerzo de voluntad para obligar a pies y manos a avanzar, estirarse y agarrar.

A cada paso que daban hacía arriba se enrarecía más el aire y disminuían sus fuerzas.

De vez en cuando pronunciaban algunas palabras (¿Estás bien?), Sí perfectamente, lo que hacían para oír el sonido consolador de la otra voz que para intercambiar información.

Se levantó fuerte viento, pero no resultaba desagradable. El tiempo se mantenía  despejado y el sol iluminaba los picachos de intenso contraste de negros y blancos.


Sobre los contrafuertes orientales del Pico Escondido se divisaban infinitas crestas rocosas que se perdían en dirección al Tíbet.

Respirando angustiosamente, cayendo y volviendo a levantarse cubrieron los mil metros  finales que le separaban de la cumbre  y se convirtieron en los dos seres humanos que solos y sin ayuda habían alcanzado aquella enorme altura.

Se abrazaron llenos de júbilo y derramaron lágrimas de emoción y alegría, luego gravaron en el hielo la única clavija que llevaban y se sentaron hasta que se les pasó la emoción.

Ningún otro ser humano había presenciado la magnífica hazaña, y nadie podía felicitar a Habeler por haber coronado su primera montaña de más de ocho mil meros ní a Messner por haberse convertido en el primer ser humano de la historia capaz de conquistar tres colosos.

La recompensa estaba ya en su espíritu, y comenzaron a pensar en la siguiente escalada-

Después de aquella conquista y en la primavera de 1977,  Messner, Habeler y dos compañeros fracasaron en su intento de escalar el Dhaulagiri, cumbre de 8.167 metros en los Himalayas, a causa de seis semanas seguidas de nevada consecutivas y mal tiempo. Sin adentrarse por ello han obtenido permiso del gobierno de Nepal para intentar escalar este año el Everest, el más alto del mundo utilizando <<medios limpios>>

 




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