La del
amanecer sería la hora cuando don Quijote salió de la venta tan contento, tan
gallardo, tan alborozado por verse ya armado caballero, que el gozo le
reventaba por las cinchas del caballo.
Más
viniéndole a la memoria los consejos de su huésped acerca de las prevenciones
tan necesarias que había de llevar consigo especialmente la de los dineros y
camisas, determinó volver a su casa. Y acomodarse de todo, y de un escudero,
haciendo cuenta de recibir a un labrador vecino suyo, que era pobre y con
hijos, pero muy adecuado para el oficio escuderil de la caballería.
Con este
pensamiento guió a Rocinante hacia su aldea, el cual casi conociendo la
querencia, con tanta gana comenzó a caminar, que parecía que no ponía los pies
en el suelo.
No había
andado mucho, cuando le pareció que a su diestra mano, de la espesura de un
bosque que allí había, salían unas voces delicadas, como de persona que se
quejaba, y apenas las hubo oído, cuando dijo:
Gracias
doy al cielo por la merced que me hace, pues tan presto me pone ocasiones
delante donde yo pueda cumplir con lo que debo a mi profesión, y donde pueda
coger el fruto de mis buenos deseos. Estas voces, sin duda, son de algún
menesteroso o menesterosa que requiere mi favor y ayuda.
Volviendo
las riendas, encaminó a Rocinante hacia donde le pareció que las voces salían.
A pocos pasos que entró por el bosque, vio atada a una encina, a un muchacho, desnudo de medio cuerpo arriba.

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