lunes, 28 de septiembre de 2026

DON QUIJOTE DE LA MANCHA

 

                             

 


La del amanecer sería la hora cuando don Quijote salió de la venta tan contento, tan gallardo, tan alborozado por verse ya armado caballero, que el gozo le reventaba por las cinchas del caballo.

Más viniéndole a la memoria los consejos de su huésped acerca de las prevenciones tan necesarias que había de llevar consigo especialmente la de los dineros y camisas, determinó volver a su casa. Y acomodarse de todo, y de un escudero, haciendo cuenta de recibir a un labrador vecino suyo, que era pobre y con hijos, pero muy adecuado para el oficio escuderil de la caballería.

Con este pensamiento guió a Rocinante hacia su aldea, el cual casi conociendo la querencia, con tanta gana comenzó a caminar, que parecía que no ponía los pies en el suelo.

No había andado mucho, cuando le pareció que a su diestra mano, de la espesura de un bosque que allí había, salían unas voces delicadas, como de persona que se quejaba, y apenas las hubo oído, cuando dijo:

Gracias doy al cielo por la merced que me hace, pues tan presto me pone ocasiones delante donde yo pueda cumplir con lo que debo a mi profesión, y donde pueda coger el fruto de mis buenos deseos. Estas voces, sin duda, son de algún menesteroso o menesterosa que requiere mi favor y ayuda.

Volviendo las riendas, encaminó a Rocinante hacia donde le pareció que las voces salían. A pocos pasos que entró por el bosque, vio atada a una  encina,  a un muchacho, desnudo de medio cuerpo arriba.


 


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