miércoles, 22 de julio de 2026

ESCITAS, GRIEGOS Y PERSAS.

 

                             

Fijemos por de pronto, las bases espaciales del hecho de la inmensa llanura, desde los Cárpatos hasta los Montes Khingan, siguiendo el paralelo 50 se extiende a lo largo del antiguo continente el mundo de las estepas y de los desiertos.

En un extremo, está la llanura húngara, y en el otro la Manchuria: son los límites extremos de la escena. En el centro, donde la zona de las estepas desciende hasta el paralelo, se elevan los montes más altos de la meseta del Asia Central: el  Pamir, el T´i en Chan, o las Montañas Celestes y el Altai, de Este a Oeste, solo existen dos pasos: el de Ferghana y el de Dzungaria.

Al Sur, las fértiles tierras transhimallayas. Al Norte del país de las tundras y de las selvas, tierras hiperbóreas que quedarían fuera de la historia.

Asia de los nómadas, hostil, famélica, la de Víctor Bérard, que la llamaba Asia feroz y que oponía al Asia fecunda, de los monzones, de los ríos fertilizantes, de las civilizaciones urbanas, el Asia sedentaria.

Una permanecerá estática en las formas hieráticas, inmóviles y egocéntricas, elaboradas en los albores de la historia.

En el Asia de las estirpes indias y de la gran muralla de China.

La otra en perpetuo movimiento, inquieta, la que realiza el perfecto infinitivo, como decía Edgar Quinet, tendrá, cual un volcán, épocas de paroxismo alternadas con tiempos de tranquilidad, la estepa se opone a la ciudad, el movimiento a la estabilidad; y de ambas acciones, ciudad y estepa representan la translación a lo concreto.

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Los antiguos iraneses, que oponían su mundo, Irán, el de la estabilidad, al mundo Turán, el de las estepas, vieron en este antagonismo la reflexión sobre el plan humano de tal dualismo que, en su creencia religiosa, oponía la luz  a las tinieblas, el bien al mal, son los dos principios opuestos empeñados en una lucha eterna.

A la diversidad que caracteriza las civilizaciones urbanas se opone la uniformidad de mundo nómada en el espacio que va de China a Rusia del Sur y a Hungría, desde la prehistoria hasta la época mongol, en el siglo XIII de nuestra era.


Lo que los anales chinos nos dicen de los Hien-yün, unos 2.300 años antes de nuestra era y lo que Herodoto nos explica en el siglo V sobre los escitas, concuerda con los relatos de las invasiones de los hunos y de la acometida mongol: el nómada permanece fiel a sí mismo a través de los años.

Aquí la unidad de cultura trasciende las diferencias raciales, ya que tal unidad resulta dictada por las mismas condiciones de vida, no importa que sean recogidas en las orillas del mar amarillo, o en las riberas del Ponto Euxino, o que las observe en épocas distintas. Este movimiento en la inmovilidad es algo sorprendente y único que nos explica por qué los nómadas han jugado un papel en la historia de las civilizaciones urbanas.

 


 El nomadismo es un  efecto de vecindades y no de raza, ni de elección: arios semitas, turcos, tártaros, iranses   y mongoles, mientras permanecen nómadas, pues a veces el nómada se establece, y entonces se extingue, todos tienen en común estas características que han hecho que entre ellos, hayan podido  realizar estos grandes movimientos que se agrupan a las tribus las familias en grupos compactos y las lanzaban al asalto de las civilizaciones urbanas ,

 


La historia se repite y va de la invasión aria de las Indias a los hunos y a los mongoles, pasando por los árabes. Atila, Mahoma, Gengis Khan, son nombres que bastan para evocarnos la importancia, no siempre destructiva que los nómadas han tenido en los destinos del mundo antiguo. 

 


     

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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