martes, 27 de octubre de 2026

DON QUIJOTE DE LA MANCHA CAPTULO XVI LO QUE SUCEDIÓ EN LA VENTA

                                                             CAPITULO XVI

        DE LO QUE LE SUCEDIÓ AL INGENIOSO HIDALGO EN LA VENTA QUE IMAGINABA CASTILLO.

 

El ventero. Que vio a don Quijote  atravesado en el jumento, preguntó a Sancho que qué mal traía. Sancho le respondió que no era nada, sino que había dado una caída de una peña abajo, y que venía algo abrumadas las costillas.

Tenía el ventero por mujer a una, no de la condición que suelen tener las de semejante trato, porque naturalmente era caritativa y se dolía de las calamidades de sus prójimos; y así acudió luego a curar a don Quijote, y hizo que una hija suya doncella, muchacha de muy buen parecer, le ayudase a curar a su huésped.

Servía en la venta asimismo una moza asturiana, ancha de cara, llana de cogote de nariz roma, de un ojo tuerta y del otro no muy sana.

Verdad es que la gallardía del cuerpo suplía las demás faltas; no tenía siete palmos de los pies a la cabeza, y las espaldas, que algún tanto le cargaba, la hacían mirar al suelo, más de lo que ella quisiera.

Esta gentil moza pues le ayudó a la doncella, y las dos hicieron una muy mala cama a don Quijote, en un camaranchón que, en otros tiempos, daba manifiestos indicios que había servido de pajar muchos años; en el cual también alojaba un harriero, que tenía su cama hecha un poco más allá de la de nuestro don Quijote.

Y aunque era de las enjalmas y mantas de sus machos, hacía mucha ventaja a la de don Quijote, que sólo contenía cuatro mal lisas tablas sobre dos no muy iguales bancos, y un colchón que en lo sutil parecía colcha, lleno de bodoques, que al mostrar que eran de lana por algunas roturas, al tiento en la dureza, semejaban de guijarro, y dos sábanas hechas de cuero de adarga  y una frazada cuyos hilos si se quisieran contar no se perdiera uno solo de la cuenta.


En esta maldita cama se acostó don Quijote, y luego la ventera y su hija le emplastaron de arriba abajo, alumbrándoles Maritornes, que así se llamaba la asturiana, y como el bizmalle de los emplastos viese la ventera tan acardenalado a partes a don Quijote, dijo que aquello más parecían golpes que caída.

-No fueron golpes dijo Sancho, sino que la peña tenía mucho picos y tropezones, y que cada uno había hecho su cardenal. Y también le dijo: Haga vuestra merced señora, de manera que queden algunas estopas, que no faltará quien las haya menester; que también me duelen a mí un poco los lomos.

- No caí dijo Sancho Panza, sino que del sobresalto que tomé de ver caer a mí amo, de tal manera que me  duele el cuerpo, que me parece que me han dado mil palos.

-Bien podrá ser eso, dijo la doncella, que a mí me ha acontecido muchas veces soñar que caída de una torre abajo, y que nunca acababa de llegar al suelo, y cuando despertaba del sueño, hallarme tan molida y quebrantada como si verdaderamente hubiera caído.

-Ahí está el toque señora, respondió Sancho Panza, que yo sin soñar nada, más despierto que ahora estoy, me hallo con pocos menos cardenales que mi señor don Quijote.

- ¿Cómo se llama ese caballero? Preguntó la asturiana Maritornes.

-Don Quijote de la Mancha, respondió Sancho Panza, y es caballero aventurero y de los mejores y más fuertes que de luengos tiempos acá se han visto en el mundo.

-¿Qué es caballero aventurero? Replicó la moza?

¿Tan nueva sois en el mundo, que no lo sabéis vos?. – Respondió Sancho Panza, Pues sabed hermana nía, que caballero aventurero es una cosa que en dos palabras se ve apaleado y emperador: hay está en la más desdichada criatura del mundo y la más menesteroso, y mañana tendrá dos o tres coronas de reinos que dar a su escudero

-   ¿Pues cómo vos siéndolo deste tan  buen señor, dijo la ventera, no tenéis, a lo que parece, siquiera algún condado?.



- Aún es temprano respondió Sancho hace, porque no ha sino un mes que andamos buscando las aventuras, hasta ahora no hemos topado ninguna que lo sea. Y tal vez hay que se busca una cosa y se halla otra. Verdad es que mi señor don Quijote sana desta herida o caída y yo quedo contrecho della, no trocaría mis esperanzas con mejor título de España.

Y  odas estas pláticas estaba escuchando muy atento don Quijote, y sentándose en el lecho como pudo, tomando de la mano a la ventera, le dijo:

Creedme hermosa señora, que os podéis llamar venturosa por haber alojado en vuestro castillo a mi persona, que es tal, que si yo no la alabo, es por lo que suele decirse que la alabanza propia envilece; pero mi escudero os dirá quién soy. Sólo os dio que tendré eternamente escrito en mi memoria el servicio que me habéis fecho, para agradecéroslo mientras la vida me durare; y pluguiera a los altos cielos que el amor no me falte 

Y estuviera tan rendido y tan sujeto a sus leyes, y los ojos de aquella fermosa ingrata que digo entre mis dientes; que los desta fermosa doncella fueran señores de mi libertad. confusas estaban la ventera y su hija y la buena de Maritornes oyendo las razones del andante caballero, que así las entendía como si hablara en griego, aunque bien alcanzaron que todas se encaminaban a ofrecimiento y requiebros; y como no usadas a semejante lenguaje, mirábanse  y se admiraban  y les parecía otro hombre de los que usaban; y agradeciéndole con venteriles razones sus ofrecimientos, le dejaron, y la asturiana Maritornes curó a Sancho, que no menos lo había menester que su amo.

Había el harriero concertado con ella que aquella noche se refocilarían juntos, y ella le había dado su palabra de que en estando sosegados los huéspedes y durmiendo sus amos, le iría a buscar y satisfacerle el gusto en cuanto le mandase. Y cuéntese desta buena moza que jamás dió semejantes palabras que no las cumpliese, aunque las diese en un monte y sin testigo alguno, porque presumía muy de hidalgo, y no tenía por afrenta estar en aquel ejercicio de servir en la venta, porque decía ella que desgracias y malos sucesos la habían traído a aquel estado. El duro estrecho apocado y fementido lecho de don Quijote estaba primero en mitad de estrellado establo, y luego, junto a él, hizo el suyo Sancho, que sólo contenía una estera de enea y una manta, que antes mostraba ser de anjeo tundido que de lana. 

Ya estaba Sancho bizmado y acostado y, aunque procuraba dormir, no lo consentía  el dolor de sus costillas y don Quijote, con el dolor de las suyas, tenía los ojos abiertos como liebre. Toda la venta estaba en silencio, y en toda ella no había otra luz que la que daba una lámpara colgada en medio del portal ardía.  Esta maravillosa quietud y los pensamientos que siempre nuestro caballero y traía de los sucesos que a cada paso se cuentan en los libros de autores de su desgracia, les trujo a la imaginación una de las extrañas locuras que buenamente imaginarse pueden, y fue que él imaginó haber llegado a un famoso castillo, a su parecer todas las ventas donde alojaba y la hija del ventero lo era de señor del castillo, la cual vencida de su gentileza, se había enamorado dél y prometido que aquella noche, a hurto de sus padres, vendría a yacer con él una buena pieza; y teniendo toda esta quimera, que él se había fabricado, por firme y valedera, se comenzó a cuitar y a pensar en el peligroso trance en que su honestidad se había de ver y propuso en su corazón de no cometer alevosía a su señora Dulcinea del Toboso, aunque la misma reina Ginebra con su dama Quintañona se le pusiesen delante.

Pensando, pues, en estos disparates, se llegó el tiempo y la hora que para él fue menguada de la venida de la asturiana, la cual en camisa y descalza, cogidos los cabellos en una albanega de fustán, con tácitos y atentados pasos, entró en el aposento donde los tres alojaban, en busca del arriero, pero apenas llegó a la puerta, cuando don Quijote la sintió y sentándose en la cama, a pesar de sus bizmas y con dolor de sus costillas, tendió los brazos para recibir a su fermosa doncella. La asturiana, que toda recogida y callando, iba delas manos delante buscando a su querido, topó con los brazos de don Quijote, el cual la asió fuertemente de una muñeca,  y tirándola hacía sí, sin que ella osase hablar palabra, la hizo sentar sobre la cama. 

Tentóle luego la camisa y, aunque era de harpillera, a él le  pareció  ser de finísimo  y delgado cendal. 

Traía en las muñecas unas cuentas de vidrio; pero a él le dieron vislumbre de preciosas perlas orientales.   Pensando, pues, en estos disparates, se llegó el tiempo y la hora que para él fue menguada de la venida de la asturiana, la cual en camisa y descalza, cogidos los cabellos en una albanega de fustán, con tácitos y atentados pasos, entró en el aposento donde los tres alojaban, en busca del arriero, pero apenas llegó a la puerta, cuando don Quijote la sintió y sentándose en la cama, a pesar de sus bizmas y con dolor de sus costillas, tendió los brazos para recibir a su fermosa doncella. 

La asturiana, que toda recogida y callando, iba de las manos delante buscando a su querido, topó con los brazos de don Quijote, el cual la asió fuertemente de una muñeca,  y tirándola hacía sí, sin que ella osase hablar palabra, la hizo sentar sobre la cama. 

Tentó  luego la camisa y, aunque ella era de harpillera, a él le  pareció ser de finísimo  y delgado cendal. 

Traía en las muñecas unas cuentas de vidrio; pero a él le dieron vislumbre de preciosas perlas orientales.

 Los cabellos que en alguna manera tiraban a crines, él los marcó por hebras de lucidísimo oro de Arabia, cuyo resplandor al del mesmo sol oscurecía. Y el aliento, que sin duda alguna olía a ensalada fiambre y trasnochada, a él le pareció que arrojaba de su boca un olor suave y aromático; y, finalmente él la pitó en su imaginación de la misma traza y modo que lo había leído en sus libros de la otra princesa que vino a ver el mal ferido caballero, vencida de sus amores con todos los adornos que aquí van puestos. 

Y era tanta la ceguedad del pobre hidalgo que el tacto, ni el aliento, ni otras cosas que traía en sí la buna doncella, no le desengañaban, las cuales pudieran hacer vomitar a otro que no fuera harriero; ante l parecía qué tenía entre sus brazos a la diosa de la hermosura. Y tendiéndola  bien asida, con voz amorosa y baja, le comenzó a decir :Quisiera hallarme en términos, fermosa y alta señora de poder pagar tamaña merced como la que con la vista de vuestra gran hermosura no habedes fecho; pero ha querido la fortuna, que no se cansa de proseguir a los buenos, ponerme en este lecho, donde yago tan molido y quebrantado, que aunque de mi voluntad quisiera satisfacer a la vuestra fuera imposible. Y más, que se añade a esta imposibilidad  otra mayor, que es la prometida fe que tengo dada a la simpar Dulcinea de Toboso, única señora de mis más escondidos pensamientos, que si a esto no hubiera de por medio, no fuera yo tan sandio caballero, que dejara pasar en blanco la venturosa ocasión en que vuestra gran bondad ha puesto. Maritornes estaba acongojadísima y trasudando, de verse tan asida de don Quijote, y sin entender, ni estar atenta a las razones que le decía, procuraba, sin hablar palabra, desasirse. 

El bueno del harriero, a quien tenían despierto sus malos deseos, desde el punto que entró su concubina por la puerta, la sintió, estuvo atentamente escuchando todo l que don Quijote decía, y celoso de que la asturiana le hubiese faltado a la palabra por otro, se fue llegando más al lecho de don Quijote, y estúvose quedo hasta ver en qué paraban aquellas razones, que él no podía entender Los cabellos que en alguna manera tiraban a crines, él los marcó por hebras de lucidísimo oro de Arabia, cuyo resplandor al del mesmo sol oscurecía. Y el aliento, que sin duda alguna olía a ensalada fiambre y trasnochada, a él le pareció que arrojaba de su boca un olor suave y aromático; y, finalmente él la pitó en su imaginación de la misma traza y modo que lo había leído en sus libros de la otra princesa que vino a ver el mal ferido caballero, vencida de sus amores con todos los adornos que aquí van puestos. 

Y era tanta la ceguedad del pobre hidalgo que el tacto, ni el aliento, ni otras cosas que traía en sí la buena doncella, no le desengañaban, las cuales pudieran hacer vomitar a otro que no fuera harriero; ante le parecía que tenía entre sus brazos a la diosa de la hermosura. Y tendiéndola  bien asida, con voz amorosa y baja, le comenzó a decir; Quisiera hallarme en términos, fermosa y alta señora de poder pagar tamaña merced como la que con la vista de vuestra gran hermosura no habedes fecho; pero ha querido la fortuna, que no se cansa de proseguir a los buenos, ponerme en este lecho, donde yago tan molido y quebrantado, que aunque de mi voluntad quisiera satisfacer a la vuestra fuera imposible. 

Y más, que se añade a esta imposibilidad  otra mayor, que es la prometida fe que tengo dada a la simpar Dulcinea de Toboso, única señora de mis más escondidos pensamientos, que si a esto no hubiera de por medio, no fuera yo tan sandio caballero, que dejara pasar en blanco la venturosa ocasión en que vuestra gran bondad ha puesto. Maritornes estaba acongojadísima y trasudando, de verse tan asida de don Quijote, y sin entender, ni estar atenta a las razones que le decía, procuraba, sin hablar palabra, desasirse. 

 Y era tanta la ceguedad del pobre hidalgo que el tacto, ni el aliento, ni otras cosas que traía en sí la buna doncella, no le desengañaban, las cuales pudieran hacer vomitar a otro que no fuera harriero; ante l parecía qué tenía entre sus brazos a la diosa de la hermosura. Y tendiéndola  bien asida, con voz amorosa y baja, le comenzó a decir :Quisiera hallarme en términos, fermosa y alta señora de poder pagar tamaña merced como la que con la vista de vuestra gran hermosura no habedes fecho; pero ha querido la fortuna, que no se cansa de proseguir a los buenos, ponerme en este lecho, donde yago tan molido y quebrantado, que aunque de mi voluntad quisiera satisfacer a la vuestra fuera imposible. Y más, que se añade a esta imposibilidad  otra mayor, que es la prometida fe que tengo dada a la simpar Dulcinea de Toboso, única señora de mis más escondidos pensamientos, que si a esto no hubiera de por medio, no fuera yo tan sandio caballero, que dejara pasar en blanco la venturosa ocasión en que vuestra gran bondad ha puesto. Maritornes estaba acongojadísima y trasudando, de verse tan asida de don Quijote, y sin entender, ni estar atenta a las razones que le decía, procuraba, sin hablar palabra, desasirse. 

El bueno del harriero, a quien tenían despierto sus malos deseos, desde el punto que entró su concubina por la puerta, la sintió, estuvo atentamente escuchando todo l que don Quijote decía, y celoso de que la asturiana le hubiese faltado a la palabra por otro, se fue llegando más al lecho de don Quijote, y estúvose quedo hasta ver en qué paraban aquellas razones, que él no podía entender Los cabellos que en alguna manera tiraban a crines, él los marcó por hebras de lucidísimo oro de Arabia, cuyo resplandor al del mesmo sol oscurecía. Y el aliento, que sin duda alguna olía a ensalada fiambre y trasnochada, a él le pareció que arrojaba de su boca un olor suave y aromático; y, finalmente él la pitó en su imaginación de la misma traza y modo que lo había leído en sus libros de la otra princesa que vino a ver el mal ferido caballero, vencida de sus amores con todos los adornos que aquí van puestos. 

Y era tanta la ceguedad del pobre hidalgo que el tacto, ni el aliento, ni otras cosas que traía en sí la buna doncella, no le desengañaban, las cuales pudieran hacer vomitar a otro que no fuera harriero; ante le parecía que tenía entre sus brazos a la diosa de la hermosura. Y tendiéndola  bien asida, con voz amorosa y baja, le comenzó a decir; Quisiera hallarme en términos, fermosa y alta señora de poder pagar tamaña merced como la que con la vista de vuestra gran hermosura no habedes fecho; pero ha querido la fortuna, que no se cansa de proseguir a los buenos, ponerme en este lecho, donde yago tan molido y quebrantado, que aunque de mi voluntad quisiera satisfacer a la vuestra fuera imposible. 

Y más, que se añade a esta imposibilidad  otra mayor, que es la prometida fe que tengo dada a la simpar Dulcinea de Toboso, única señora de mis más escondidos pensamientos, que si a esto no hubiera de por medio, no fuera yo tan sandio caballero, que dejara pasar en blanco la venturosa ocasión en que vuestra gran bondad ha puesto. Maritornes estaba acongojadísima y trasudando, de verse tan asida de don Quijote, y sin entender, ni estar atenta a las razones que le decía, procuraba, sin hablar palabra, desasirse. 

 El bueno del harriero, a quien tenían despierto sus malos deseos, desde el punto que entró su concubina por la puerta, la sintió, estuvo atentamente escuchando todo lo que don Quijote decía, y celoso de que la asturiana le hubiese faltado a la palabra por otro, se fue llegando más al lecho de don Quijote, y estúvose quedo hasta ver en qué paraban aquellas razones, que él no podía entender Maritornes estaba acongojadísima y trasudando, de verse tan asida de don Quijote, y sin entender, ni estar atenta a las razones que le decía, procuraba, sin hablar palabra, desasirse y don Quijote trabajaba por tenella, pareciéndole mal la burla, enarboló el brazo en alto y descargó tan terrible puñada sobre las estrechas quijadas del enamorado caballero que le bañó toda la boca en sangre; y no contento con esto,se le subió encima de las costillas, y con los pies más que de trote se las paseó de cabo a rabo.


El lecho que era un poco endeble y de no firmes fundamentos, no pudiendo sufrir la añadidura del harriero, dio consigo en el suelo, a cuyo gran ruido despertó el ventero, y luego imaginó que debían de ser pendencias  de Maritornes, porque habiéndola llamado a voces no respondía. Con esta sospecha, se levantó y, encendiendo un candil, se fue hacía donde había sentido la pelea. La moza viendo que su amo venía y que era de condición terrible, todo mededrosica y alborotada, se acogió a la cama de Sancho Panza, que aún dormía, y allí se acurrucó y se hizo un ovillo.

El ventero entró diciendo: ¿A donde estás puta?. A buen seguro que son tus cosas´éstas. En esto despertó Sancho, y sintiendo aquel bulto casi encima de sí, pensó que tenía la pesadilla y comenzó a dar puñadas a una y otra parte, y entre otras, alcanzó con no sé cuántas a  Maritornes,la cual sentida del dolor, echando la honestidad  dió el retorno a Sancho con tantas que, a su despecho, le quitó el sueño; el cual viéndose tratar de aquella manera, y sin saber de quién, alzándose como pudo, se abrazó con Maritornes, y comenzaron entre los dos en la más reñida y graciosa escaramuza del mundo.

Viendo, pues, el harriero, a la lumbre del candil del ventero, cuál andaba su dama, dejando a don Quijote, acudió a dadle el socorro necesario. Lo mismo hizo el ventero pero con intención diferente, porque fue a castigar a la moza, creyendo, sin duda, que ella sola era la ocasión de toda aquella armonía. y así   como se suele decirse: <<el gato al rato, el rato a la cuerda, la cuerda al palo>> daba el arriero a Sancho, Sancho a la moza, la moza a él, el ventero a la moza, y todos menudeaban con tanta priesa que no daban punto de reposo, fue los bueno que al ventero se le apagó el candil, y como quedaron a oscuras se daban tan sin compasión, todos a bulto, que adoquiera  que ponían la mano no dejaban cosa sana.   

Alojaba acaso aquella noche en la venta un cuadrillero de los que llaman de la Santa Hermandad Vieja de Toledo, el cual, oyendo ansimesmo el extraño estruendo de la pelea, asió de su media vara y de la caja de lata de sus títulos, y entró a escuras en él aposento diciendo:

- Téngase a  la justicia. Téngase a la -santa Hermandad. Y el primero con quien  topó fue con el apuñeado de don Quijote, que estaba en su derribado lecho, tendido boca arriba, sin sentido alguno; y echándole a tiento mano a las barbas, no cesaba de decir <<Favor a la justicia>>pero viendo que el que tenía asido no se bullía ni meneaba, se dio a entender que estaba muerto, y que los que allí dentro estaban eran sus matadores, y, con esta sospecha reforzó la voz diciendo: -Cierrese la puerta de la venta. Miren no se vaya nadie, que han muerto aquí a  un hombre.

Esta voz sobresaltó a todos, y cada cual dejó la pendencia en el grado que le tomó la voz, Retirose el ventero a su aposento, el arriero a sus enjalmas, la moza a su rancho;solos los desventurados don Quijote y Sancho, no se pudieron mover de donde estaban. Soltó en esto el cuadrillero la barba de don Quijote, y salió a buscar luz para buscar y prender a los delincuentes, más no los halló porque el ventero, de industria, había muerto la lámpara cuando se retiró a su estancia, y fuere forzoso acudir a la chimenea, donde con mucho trabajo y tiempo, encendió el cuadrillero  otro candil.

                                     


                                     

 

   

 


 

 

 

 


        




 

 

 

 

 

Sucedía a estos dos lechos el del harriero fabricado, como se ha dicho, de las enjalmas y de todo el adorno de los dos mejores mulos que traía, aunque eran doce rucios, gordos y famosos, porque uno era de los ricos harrieros de Arévalo, según lo dice el autor desta historia, que deste harriero hace particular mención, porque le conocía muy bien, y aun quieren decir que era algo pariente suyo. Fuera de que Cide Hamete Benengeli fue historiador, muy curioso y muy puntual en todas las cosas, y echase bien de ver, pues las que quedan referidas, con ser tan mínimas y tan rateras, no las quiso pasar en silencio; de donde podrían tomar ejemplo  los historiadores graves. Digo pues que después de haber visitado el harriero a su recua y dándole el segundo pienso, se tendió en sus enjalmas y se dio a esperar a su puntualísima Maritornes.

Ya estaba Sancho bizmado y acostado y, aunque procuraba dormir, no lo consentía  el dolor de sus costillas y don Quijote, con el dolor de las suyas, tenía los ojos abiertos como liebre. Toda la venta estaba en silencio, y en toda ella no había otra luz que la que daba una lámpara colgada en medio del portal ardía.

Esta maravillosa quietud y los pensamientos que siempre nuestro caballero y traía de los sucesos que a cada paso se cuentan en los libros de autores de su desgracia, les trujo a la imaginación una de las extrañas locuras que buenamente imaginarse pueden, y fue que él imaginó haber llegado a un famoso castillo, a su parecer todas las ventas donde alojaba y la hija del ventero lo era de señor del castillo, la cual vencida de su gentileza, se había enamorado dél y prometido que aquella noche, a hurto de sus padres, vendría a yacer con él una buena pieza; y teniendo toda esta quimera, que él se había fabricado, por firme y valedera, se comenzó a cuitar y a pensar en el peligroso trance en que su honestidad se había de ver y propuso en su corazón de no cometer alevosía a su señora Dulcinea del Toboso, aunque la misma reina Ginebra con su dama Quintañona se le pusiesen delante.

Pensando, pues, en estos disparates, se llegó el tiempo y la hora que para él fue menguada de la venida de la asturiana, la cual en camisa y descalza, cogidos los cabellos en una albanega de fustán, con tácitos y atentados pasos, entró en el aposento donde los tres alojaban, en busca del arriero, pero apenas llegó a la puerta, cuando don Quijote la sintió y sentándose en la cama, a pesar de sus bizmas y con dolor de sus costillas, tendió los brazos para recibir a su fermosa doncella. La asturiana, que toda recogida y callando, iba delas manos delante buscando a su querido, topó con los brazos de don Quijote, el cual la asió fuertemente de una muñeca,  y tirándola hacía sí, sin que ella osase hablar palabra, la hizo sentar sobre la cama. Tentóle luego la camisa y, aunque ella era de harpillera, a él le  pareció le pareció ser de finísimo  y delgado cendal. Traía en las muñecas unas cuentas de vidrio; pero a él le dieron vislumbre de preciosas perlas orientales.

Los cabellos que en alguna manera tiraban a crines, él los marcó por hebras de lucidísimo oro de Arabia, cuyo resplandor al del mesmo sol oscurecía. Y el aliento, que sin duda alguna olía a ensalada fiambre y trasnochada, a él le pareció que arrojaba de su boca un olor suave y aromático; y, finalmente él la pitó en su imaginación de la misma traza y modo que lo había leído en sus libros de la otra princesa que vino a ver el mal ferido caballero, vencida de sus amores con todos los adornos que aquí van puestos. Y era tanta la ceguedad del pobre hidalgo que el tacto, ni el aliento, ni otras cosas que traía en sí la buna doncella, no le desengañaban, las cuales pudieran hacer vomitar a otro que no fuera harriero; ante l parecía qe tenía entre sus brazos a la diosa de la hermosura. Y tendiéndola  bien asida, con voz amorosa y baja, le comenzó a dcir-

-Quisiera hallarme en términos, fermosa y alta señora de poder pagar tamaña merced como la que con la vista de vuestra gran hermosura no habedes fecho; pero ha querido la fortuna, que no se cansa de proseguir a los buenos, ponerme en este lecho, donde yago tan molido y quebrantado, que aunque de mi voluntad quisiera satisfacer a la vuestra fuera imposible. Y más, que se añade a esta imposibilidad  otra mayor, que es la prometida fe que tengo dada a la simpar Dulcinea de Toboso, única señora de mis más escondidos pensamientos, que si a esto no hubiera de por medio, no fuera yo tan sandio caballero, que dejara pasar en blanco la venturosa ocasión en que vuestra gran bondad ha puesto.

Maritornes estaba acongojadísima y trasudando, de verse tan asida de don Quijote, y sin entender, ni estar atenta a las razones que le decía, procuraba, sin hablar palabra, desasirse. El bueno del harriero, a quien tenían despierto sus malos deseos, desde el punto que entró su concubina por la puerta, la sintió, estuvo atentamente escuchando todo l que don Quijote decía, y celoso de que la asturiana le hubiese faltado a la palabra por otro, se fue llegando más al lecho de don Quijote, y estúvose quedo hasta ver en qué paraban aquellas razones, que él no podía entender

 

 

 

 


 




Pensando, pues, en estos disparates, se llegó el tiempo y la hora que para él fue menguada de la venida de la asturiana, la cual en camisa y descalza, cogidos los cabellos en una albanega de fustán, con tácitos y atentados pasos, entró en el aposento donde los tres alojaban, en busca del arriero, pero apenas llegó a la puerta, cuando don Quijote la sintió y sentándose en la cama, a pesar de sus bizmas y con dolor de sus costillas, tendió los brazos para recibir a su fermosa doncella. La asturiana, que toda recogida y callando, iba delas manos delante buscando a su querido, topó con los brazos de don Quijote, el cual la asió fuertemente de una muñeca,  y tirándola hacía sí, sin que ella osase hablar palabra, la hizo sentar sobre la cama. Tentóle luego la camisa y, aunque ella era de harpillera, a él le  pareció le pareció ser de finísimo  y delgado cendal. Traía en las muñecas unas cuentas de vidrio; pero a él le dieron vislumbre de preciosas perlas orientales.

Los cabellos que en alguna manera tiraban a crines, él los marcó por hebras de lucidísimo oro de Arabia, cuyo resplandor al del mesmo sol oscurecía. Y el aliento, que sin duda alguna olía a ensalada fiambre y trasnochada, a él le pareció que arrojaba de su boca un olor suave y aromático; y, finalmente él la pitó en su imaginación de la misma traza y modo que lo había leído en sus libros de la otra princesa que vino a ver el mal ferido caballero, vencida de sus amores con todos los adornos que aquí van puestos. Y era tanta la ceguedad del pobre hidalgo que el tacto, ni el aliento, ni otras cosas que traía en sí la buna doncella, no le desengañaban, las cuales pudieran hacer vomitar a otro que no fuera harriero; ante l parecía qe tenía entre sus brazos a la diosa de la hermosura. Y tendiéndola  bien asida, con voz amorosa y baja, le comenzó a dcir-

-Quisiera hallarme en términos, fermosa y alta señora de poder pagar tamaña merced como la que con la vista de vuestra gran hermosura no habedes fecho; pero ha querido la fortuna, que no se cansa de proseguir a los buenos, ponerme en este lecho, donde yago tan molido y quebrantado, que aunque de mi voluntad quisiera satisfacer a la vuestra fuera imposible. Y más, que se añade a esta imposibilidad  otra mayor, que es la prometida fe que tengo dada a la simpar Dulcinea de Toboso, única señora de mis más escondidos pensamientos, que si a esto no hubiera de por medio, no fuera yo tan sandio caballero, que dejara pasar en blanco la venturosa ocasión en que vuestra gran bondad ha puesto.

Maritornes estaba acongojadísima y trasudando, de verse tan asida de don Quijote, y sin entender, ni estar atenta a las razones que le decía, procuraba, sin hablar palabra, desasirse. El bueno del harriero, a quien tenían despierto sus malos deseos, desde el punto que entró su concubina por la puerta, la sintió, estuvo atentamente escuchando todo l que don Quijote decía, y celoso de que la asturiana le hubiese faltado a la palabra por otro, se fue llegando más al lecho de don Quijote, y estúvose quedo hasta ver en qué paraban aquellas razones, que él no podía entender

 

 

 

 

 

 

Sucedía a estos dos lechos el del harriero fabricado, como se ha dicho, de las enjalmas y de todo el adorno de los dos mejores mulos que traía, aunque eran doce rucios, gordos y famosos, porque uno era de los ricos harrieros de Arévalo, según lo dice el autor desta historia, que deste harriero hace particular mención, porque le conocía muy bien, y aun quieren decir que era algo pariente suyo. Fuera de que Cide Hamete Benengeli fue historiador, muy curioso y muy puntual en todas las cosas, y echase bien de ver, pues las que quedan referidas, con ser tan mínimas y tan rateras, no las quiso pasar en silencio; de donde podrían tomar ejemplo  los historiadores graves. Digo pues que después de haber visitado el harriero a su recua y dándole el segundo pienso, se tendió en sus enjalmas y se dio a esperar a su puntualísima Maritornes.

Ya estaba Sancho bizmado y acostado y, aunque procuraba dormir, no lo consentía  el dolor de sus costillas y don Quijote, con el dolor de las suyas, tenía los ojos abiertos como liebre. Toda la venta estaba en silencio, y en toda ella no había otra luz que la que daba una lámpara colgada en medio del portal ardía.

Esta maravillosa quietud y los pensamientos que siempre nuestro caballero y traía de los sucesos que a cada paso se cuentan en los libros de autores de su desgracia, les trujo a la imaginación una de las extrañas locuras que buenamente imaginarse pueden, y fue que él imaginó haber llegado a un famoso castillo, a su parecer todas las ventas donde alojaba y la hija del ventero lo era de señor del castillo, la cual vencida de su gentileza, se había enamorado dél y prometido que aquella noche, a hurto de sus padres, vendría a yacer con él una buena pieza; y teniendo toda esta quimera, que él se había fabricado, por firme y valedera, se comenzó a cuitar y a pensar en el peligroso trance en que su honestidad se había de ver y propuso en su corazón de no cometer alevosía a su señora Dulcinea del Toboso, aunque la misma reina Ginebra con su dama Quintañona se le pusiesen delante.

Pensando, pues, en estos disparates, se llegó el tiempo y la hora que para él fue menguada de la venida de la asturiana, la cual en camisa y descalza, cogidos los cabellos en una albanega de fustán, con tácitos y atentados pasos, entró en el aposento donde los tres alojaban, en busca del arriero, pero apenas llegó a la puerta, cuando don Quijote la sintió y sentándose en la cama, a pesar de sus bizmas y con dolor de sus costillas, tendió los brazos para recibir a su fermosa doncella. La asturiana, que toda recogida y callando, iba delas manos delante buscando a su querido, topó con los brazos de don Quijote, el cual la asió fuertemente de una muñeca,  y tirándola hacía sí, sin que ella osase hablar palabra, la hizo sentar sobre la cama. Tentóle luego la camisa y, aunque ella era de harpillera, a él le  pareció le pareció ser de finísimo  y delgado cendal. Traía en las muñecas unas cuentas de vidrio; pero a él le dieron vislumbre de preciosas perlas orientales.

Los cabellos que en alguna manera tiraban a crines, él los marcó por hebras de lucidísimo oro de Arabia, cuyo resplandor al del mesmo sol oscurecía. Y el aliento, que sin duda alguna olía a ensalada fiambre y trasnochada, a él le pareció que arrojaba de su boca un olor suave y aromático; y, finalmente él la pitó en su imaginación de la misma traza y modo que lo había leído en sus libros de la otra princesa que vino a ver el mal ferido caballero, vencida de sus amores con todos los adornos que aquí van puestos. Y era tanta la ceguedad del pobre hidalgo que el tacto, ni el aliento, ni otras cosas que traía en sí la buna doncella, no le desengañaban, las cuales pudieran hacer vomitar a otro que no fuera harriero; ante l parecía qe tenía entre sus brazos a la diosa de la hermosura. Y tendiéndola  bien asida, con voz amorosa y baja, le comenzó a dcir-

-Quisiera hallarme en términos, fermosa y alta señora de poder pagar tamaña merced como la que con la vista de vuestra gran hermosura no habedes fecho; pero ha querido la fortuna, que no se cansa de proseguir a los buenos, ponerme en este lecho, donde yago tan molido y quebrantado, que aunque de mi voluntad quisiera satisfacer a la vuestra fuera imposible. Y más, que se añade a esta imposibilidad  otra mayor, que es la prometida fe que tengo dada a la simpar Dulcinea de Toboso, única señora de mis más escondidos pensamientos, que si a esto no hubiera de por medio, no fuera yo tan sandio caballero, que dejara pasar en blanco la venturosa ocasión en que vuestra gran bondad ha puesto.

Maritornes estaba acongojadísima y trasudando, de verse tan asida de don Quijote, y sin entender, ni estar atenta a las razones que le decía, procuraba, sin hablar palabra, desasirse. El bueno del harriero, a quien tenían despierto sus malos deseos, desde el punto que entró su concubina por la puerta, la sintió, estuvo atentamente escuchando todo l que don Quijote decía, y celoso de que la asturiana le hubiese faltado a la palabra por otro, se fue llegando más al lecho de don Quijote, y estúvose quedo hasta ver en qué paraban aquellas razones, que él no podía entender

 

 

 

 


No hay comentarios:

Publicar un comentario