viernes, 16 de enero de 2026

HERNÁN CORTES EN MEJICO

 

EL RETORNO DE QUETZALCÓATI EN LA HISTORIA DE ESPAÑA 

Tenochilántílan, 8 de noviembre de 1519

Al cabo de ocho meses de tensa espera, desde que Hernán Cortés pisara por primera vez tierra mejicana sobreviene el encuentro entre el conquistador español y el emperador azteca Moctezuma II.

A las puertas de Tenochtitlán, capital del poderoso y vasto imperio, se entabla el diálogo que indios viejos repetirán años más tarde a Bernardino de Sahagún, y que ha quedado registrado literalmente en el Códice Florentino.

“Dijo Cortés a Moctezuma  ¿acaso eres tú?, ¿es que ya tú eres?, ¿es verdad que eres tú, Moctezuma, y le dijo – sí yo soy, se acercó a él y se inclina, dobla la cabeza cuanto puede, le dice. señor nuestro, as arribado a tu ciudad, México.

Aquí has venido  a sentarte en tu trono. <<Och, por tiempo breve te lo reservaron, te lo conservaron los que ya se fueron tus sustitutos>>.

Habla aquí Moctezuma de sí mismo y de los emperadores que le antecedieron como meros guardianes del trono de Quetzalcóatl, el mítico sacerdote rey de los toltecas que a través de los tiempos se inviste con los atributos de la divinidad.

Quetzalcóatl había en realidad partido hacía la tierra del color negro y rojo, en dirección al este, en una balsa hecha de serpientes en un año Uno-junco, de un ciclo que se repite cada 52 años. 

Los aztecas sabían que la serpiente emplumada, imagen privilegiada de Quetzalcóatl, retornaría algún año de este signo en la figura de Cortés, esplendorosa en su armadura sobre aquel extraño animal, 

Moctezuma había encontrado la respuesta. Quiso evitar que el dios llegara a recobrar su trono desde que le informaron del desembarco.

Los emisarios del emperador insinuaban a los españoles que regresasen, tratando de seducirlos con presentes de oro pero solo lograron aumentar y excitar  su codicia.

El tlatoani jefe supremo de Moctezuma debía sentir en su fuero interno que sus trabajos fueran vanos. Los presagios se sucedían desde hacía una década: luces extrañas en el cielo que solo la luz del sol eclipsaba, incendios que se avivaban con  el agua, un pájaro ceniciento con un espejo en el pico donde se veían hombres de guerra montados sobre raros venados.

Quetzalcóatl-Cortés había venido en realidad a reclamar lo que no era suyo. 

Para Moctezuma era obvio. Para Cortés el extremeño estudiante de Salamanca que llegó a la Española cuando todavía no había cumplido 20 años con cuatro maravedíes en el zurrón, aquella divinidad regalada debió parecerle un sueño.

A sus 34 años apenas había llegado a ser alcaide de Santiago de Baracoa en la isla de Cuba, donde mandaba entonces Diego Velázquez      .

No simpatizaba en absoluto Velázquez con Cortés pero confió en sus dotes de mando y en su astucia diplomática para enviarlos a la conquista de  la Nueva España, como habría  de llamarse el país azteca.

Medio millar de hombres, 32 caballos y unas 14 piezas de artillería era todo el equipo bélico de Cortés que partió hacía México el 10 de febrero.

Ya en territorio mexicano no tardó en deshacerse de algunos fieles partidarios de Velázquez y fundar la ciudad de Villa Rica de Vera Cruz, hacer que le nombraran capitán general y justicia mayor y destruir las naves para impedir cualquier veleidad de retorno a las bases anteriores y seguir por tierra firme.


































































 

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