viernes, 13 de marzo de 2026

DON SEBASTIAN MUERTE Y MITO.

 

                   


Portugal, 1578. A la muerte de Juan III en 1557, heredó la corona portuguesa el príncipe Sebastián,  bajo la regencia de su abuela Doña Catalina.

Sebastián era un joven animoso soñador, educado por los jesuitas, a quien sus preceptores y ayos convencieron de que podía desempeñar  un gran papel en la historia combatiendo contra los enemigos de su religión.

Ajeno a lo que por entonces constituía la gran epopeya portuguesa mediante el control de las rutas comerciales con África y Asia Amenazadas por numerosos peligros, todas las aspiraciones del rey se centraban en dirigir contra los infieles una guerra digna de sus padres.

Vio la oportunidad cuando Muley Ahmed, sultán de Marruecos, solicitó ayuda para reconquistar el trono que le había sido arrebatado.

Desoyendo los consejos de su madre, el cardenal don Enrique, tío suyo, que le sucedería y el propio Felipe II, Sebastián, con diecisiete mil soldados atravesó el estrecho de Gibraltar, en la batalla de Alcazarquivir (4-8-1878), rodeado por fuerzas muy superiores, murió el joven rey y muchos de sus acompañantes.

Este desastre significó el fin de la casa de Avis. Dos años más tarde, Felipe II ocupó el trono portugués. La forzada unificación nunca fue bien  aceptada por el pueblo dando pie al sebastianismo, leyenda mesiánica según la cual el rey no habría muerto en Alcazarquivir, y vivía oculto.

Cuatro impostores trataron de hacerse pasar por Sebastián, el principal de ellos fue un pastelero y soldado español, que logró enredar en su conjura a doña Ana de Austria, obligada a profesar como monja desde niña y que vio en  Gabriel Espinosa la forma de abandonar su triste suerte.



Descubierta la trama, el pastelero y su confesor fueron ejecutados, y doña Ana hubo de sufrir de por vida un duro encierro en un convento

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