Portugal,
1578. A la muerte de Juan III en 1557, heredó la corona portuguesa el príncipe Sebastián,
bajo la regencia de su abuela Doña
Catalina.
Sebastián
era un joven animoso soñador, educado por los jesuitas, a quien sus preceptores
y ayos convencieron de que podía desempeñar un gran papel en la historia combatiendo
contra los enemigos de su religión.
Ajeno a
lo que por entonces constituía la gran epopeya portuguesa mediante el control
de las rutas comerciales con África y Asia Amenazadas por numerosos peligros,
todas las aspiraciones del rey se centraban en dirigir contra los infieles una
guerra digna de sus padres.
Vio la
oportunidad cuando Muley Ahmed, sultán de Marruecos, solicitó ayuda para
reconquistar el trono que le había sido arrebatado.
Desoyendo
los consejos de su madre, el cardenal don Enrique, tío suyo, que le sucedería y
el propio Felipe II, Sebastián, con diecisiete mil soldados atravesó el
estrecho de Gibraltar, en la batalla de Alcazarquivir (4-8-1878), rodeado por
fuerzas muy superiores, murió el joven rey y muchos de sus acompañantes.
Este desastre
significó el fin de la casa de Avis. Dos años más tarde, Felipe II ocupó el
trono portugués. La forzada unificación nunca fue bien aceptada por el pueblo dando pie al sebastianismo, leyenda mesiánica según
la cual el rey no habría muerto en Alcazarquivir, y vivía oculto.
Cuatro impostores
trataron de hacerse pasar por Sebastián, el principal de ellos fue un pastelero
y soldado español, que logró enredar en su conjura a doña Ana de Austria,
obligada a profesar como monja desde niña y que vio en Gabriel Espinosa la forma de abandonar su
triste suerte.
Descubierta
la trama, el pastelero y su confesor fueron ejecutados, y doña Ana hubo de
sufrir de por vida un duro encierro en un convento

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