América
1560. A mediados de año el sacerdote dominico Alfonso de Montúfar, arzobispo de
México, expresa en una carta a Felipe II que, es tan injusto el cautiverio de
los negros como el de los indios, Bartolomé de las Casas, que había abogado por la importación de los negros esclavos para aliviar a los indios, sostuvo
finalmente esta petición.
Extrañamente,
la Corona que abolió en 1542 la esclavitud de los indios nunca pareció inquietarse
por los negros.
No
resulta fácil estimar la cantidad de negros llevados por la fuerza a las
colonias, ya que sería preciso disponer de todas las licencias de importación,
sin olvidar el contrabando.
No
obstante, un cálculo prudente de la población negra en Hispanoamérica se eleva,
a fines de la época colonial a más de dos millones.
Los
africanos comenzaron a llegar en los primeros viajes posteriores al descubrimiento,
y algunos participaron con sus amos en empresas de conquista. Pero la mayoría
de negros llegados en los primeros años pertenecían a la Corona, eran los
llamados negros del rey.
Trabajaron
primero en establecimientos de propiedad real, y luego en el servicio público. El
principal origen de la población negra hispanoamericana.
Los colonos
advirtieron pronto que sus indios esclavos, o siervos, se extenuaban rápidamente
y muchas veces morían.
Por otra
parte, las epidemias y hasta los suicidios, a los que deben sumarse las
matanzas de indios rebeldes, habían diezmado por completo a la población autóctona.
Los
negros en cambio no sólo soportaban el trabajo duro, como la extracción del oro,
sino su rendimiento era mucho, mayor que el de los indios.
Para la
labor en las plantaciones, el negro parecía el sujeto ideal. El rey Carlos I
facilitó ese tráfico coartado durante la regencia del cardenal Cisneros, beneficiando
a sus favoritos, concediéndole las licencias de transporte.
A lo
largo de la época colonial, el tráfico
de esclavos africanos fue para la Corona y los intermediarios un pingüe
beneficio.

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