Pamplona 1527.-El
tribunal inquisitorial de Calahorra, presidido por el inquisidor Avellaneda y
por el obispo de Pamplona, fray Prudencio de Sandoval, realiza una gran caza de
brujas en los valles navarros.
Desde que
Navarra se incorporara a la corona española el tribunal de la Inquisición va inmiscuyéndose
cada vez en mayor medida en las competencias del Tribunal de la Corte y del
Real Consejo, sobre todo en los asuntos
relacionados con la religión.
La polémica
entre el poder civil y el eclesiástico, respecto al fenómeno de la brujería,
concluye finalmente con el control parcial de estas cusas por parte de la Inquisición.
En 1527
los regidores de Pamplona reciben a dos niñas de 9 y 11 años que afirman ser
brujas y poder reconocer a sus congéneres mirándoles a los ojos..
El inquisidor
Avellaneda organizada inmediatamente la formación de una expedición para buscar
brujos y brujas en los valles navarros llevando consigo 50 soldados.
Gracias a la ayuda de las niñas brujas y de los
soldados, el inquisidor Avellaneda logra apresar algunos centenares de brujas y
brujos, 120 de ellos en el Roncal, 100 en Salazar y 200 en Amezkos. Más tarde
Avellaneda describe su expedición, narrando como vio volar a algunas brujas, cómo el diablo le persiguió
para matarlo, y otros tópicos entresacados casi literalmente del MALLEUS MALEFICARUM
(Martillo de las Brujas), de gran difusión en toda la Europa de aquella época,
y responsable de numerosas histerias
descubridoras de brujerías.
Las hogueras inquisitoriales navarras trabajaban arduamente, persiguiendo a aquellos a los que la ignorancia popular culpa de las sequias, inundaciones, enfermedades y cualquier mal que les ataque. A pesar de todo, el mayor número de víctimas por brujería en estas tierras así como en el norte peninsular, no procede de la Inquisición, más favorable a ver en estas manifestaciones signos de locura, sino de las autoridades civiles, movidas en muchos casos por ocultos sentimientos, como la envidia, la codicia o la simple ignorancia.





